“Elegido por aclamación”, de Ángel González

Sí, fue un malentendido.

Gritaron: ¡a las urnas!

y él entendió: ¡a las armas! –dijo luego.

Era pundonoroso y  mató mucho.

Con pistolas, con rifles, con decretos.

 

Cuando envainó la espada dijo, dice:

La democracia  es lo perfecto.

El público aplaudió. Sólo callaron,

impasibles, los muertos.

 

El deseo popular será cumplido.

A partir de esta hora soy –silencio–

el Jefe, si queréis. Los disconformes

que levanten el dedo.

 

Inmóvil mayoría de cadáveres

le dio el mando total del cementerio.

 

Ángel González
Grado elemental

“El derrotado”, de Ángel González

Atrás quedaron los escombros:
humeantes pedazos de tu casa,
veranos incendiados, sangre seca
sobre la que se ceba –último buitre–
el viento.

Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
el tiempo, bien llamado porvenir.
Porque ninguna tierra
posees,
porque ninguna patria
es ni será jamás la tuya,
porque en ningún país
puede arraigar tu corazón deshabitado.

Nunca –y es tan sencillo–
podrás abrir una cancela
y decir, nada más: «buen día,
madre».
Aunque efectivamente el día sea bueno,
haya trigo en las eras
y los árboles
extiendan hacia ti sus fatigadas
ramas, ofreciéndote
frutos o sombra para que descanses.

Ángel González
Sin esperanza con convencimiento

“Todos ustedes parecen felices…”, de Ángel González

… y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen, incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen –nada
más que parecen– felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo: esta
desesperante, estéril, larga,
ciega desolación por cualquier cosa
que –hacia donde no sé–, lenta, me arrastra.

 

Ángel González
Áspero mundo
Ediciones Vitruvio