“Inventario de lugares propicios al amor”, de Ángel González

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
–sin interés alguno–
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

Ángel González
Tratado de urbanismo
Bartleby Editores

“Menos miedo”, de María García Zambrano

Me ha crecido una hermana de los ojos y ahora puedo
mirar el horizonte.
– ¿El invierno es infinito? –me pregunta.
Mientras, damos de comer a dos palomas que golpean
con su pico los cristales.
–Me duelen los dientes de masticar tinta.
Me ha crecido una hermana de los ojos y ha amanecido.
La noche duraba más de un sueño, y a veces dolía
en la boca y en los párpados.
–¿Podré quedarme contigo?
Me ha crecido una hermana de los ojos y ya no veo la muerte.

María García Zambrano
Menos miedo
Ediciones Torremozas

“Burrito apaleado”, de Armando Unsaín

Me dicen que mi poesía es panfletaria
que mis palabras se repiten
Revolución, barricada, metralleta
Me dicen que el arte no puede ser doctrinario
que la obra del creador tiene que ser libre

Me dicen que soy inconsecuente
que reniego de esta sociedad y la consiento
que tengo los mismos defectos que el resto
de los mortales
Me dicen que mi actitud es una pose
que no empuñé jamás una pistola y apoyo la violencia
que soy más dócil que un burrito apaleado

Me dicen tantas verdades
que quisiera salir corriendo y huir de mi retrato
Busco excusas para no derrumbarme
pero al final siempre dejo para mañana las promesas
Ya me voy acostumbrando a vivir conmigo mismo
Es una situación difícil. A veces me escandaliza
y a veces la asumo pasivo y cabizbajo

Me dicen tantas verdades
todos aquellos a quien jamás he preguntado
que desearía ser uno de ellos.

Armando Unsaín
Por la vía pacífica
Amargord

“La ciudad”, de Konstantinos Kavafis

Dices «Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí».
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques –no la hay–,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Konstantinos Kavafis
56 poemas
Mondadori

“Rito”, de Félix Chacón

Mi cuerpo solo encaja
cuando ocupa los huecos de tu cuerpo
y los funde ese fuego que tú enciendes
rozándome la piel
Y entonces mis fluidos buscan cauces
para inundar de esperma
las cuencas y los ríos subterráneos
que tu cuerpo le ofrece
en un rito sagrado que transforma
la vida en algo lleno de sentido

Félix Chacón
Material de derribo
Espasa

 

“Insomnio”, de Dámaso Alonso

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar a los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso
Hijos de la ira
Espasa

“Ahora quiero contarles…”, de Benjamín Prado

Ahora quiero contarles
que esta mañana supe
cómo de un solo golpe puede ser la tristeza
un cuchillo que cierre el corazón
y una llave
que abra la poesía.

Todo empezó una noche,
cuando mi amor me dijo:
–Cuenta cómo me ves,
descríbeme en tus versos
y así
sabré quién soy
cuando me miras.

No pude conseguirlo.
Me adentraba en la jungla negra del diccionario
para luchar con verbos venenosos,
nombres llenos de púas,
adjetivos salvajes que siempre se escapaban,
que siempre me vencían.
Caminé por la nieve feroz de los cuadernos.
Volví a mi casa con la piel herida
por un enjambre de interrogaciones:
–¿Pero de qué manera describiré sus ojos?
¿Vivero de la luz?
¿Suburbios de la luna?
¿Qué le llamo a su boca:
biblioteca del beso
o fruta submarina?

Cada tarde,
ella inventaba la felicidad
igual que el arqueólogo
encuentra la figura de un dios sumando ruinas
o el cocinero corta
monedas de marfil en la manzana.

Yo seguía pensando si llamarle a su pelo
abogado del aire,
catarata adiestrada
o indicio de león.

Pero entonces
llegaron a nadar en mi sangre
los peces del infierno: las sospechas, las dudas;
y el egoísmo
puso
su puñal
en mi mano,
y la herí con verdades crueles y mentiras,
y ella
me dijo adiós.

Yo he escrito este poema para recuperarla,
para que no se marche,
para que me perdone.
Porque de pronto,
está todo tan claro
y es fácil de explicar:
–Cada vez que me tocas,
en mi corazón crecen
los racimos
rojos
de la alegría.

Benjamín Prado
Marea humana
Visor