“Insomnio”, de Dámaso Alonso

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar a los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso
Hijos de la ira
Espasa

“Ahora quiero contarles…”, de Benjamín Prado

Ahora quiero contarles
que esta mañana supe
cómo de un solo golpe puede ser la tristeza
un cuchillo que cierre el corazón
y una llave
que abra la poesía.

Todo empezó una noche,
cuando mi amor me dijo:
–Cuenta cómo me ves,
descríbeme en tus versos
y así
sabré quién soy
cuando me miras.

No pude conseguirlo.
Me adentraba en la jungla negra del diccionario
para luchar con verbos venenosos,
nombres llenos de púas,
adjetivos salvajes que siempre se escapaban,
que siempre me vencían.
Caminé por la nieve feroz de los cuadernos.
Volví a mi casa con la piel herida
por un enjambre de interrogaciones:
–¿Pero de qué manera describiré sus ojos?
¿Vivero de la luz?
¿Suburbios de la luna?
¿Qué le llamo a su boca:
biblioteca del beso
o fruta submarina?

Cada tarde,
ella inventaba la felicidad
igual que el arqueólogo
encuentra la figura de un dios sumando ruinas
o el cocinero corta
monedas de marfil en la manzana.

Yo seguía pensando si llamarle a su pelo
abogado del aire,
catarata adiestrada
o indicio de león.

Pero entonces
llegaron a nadar en mi sangre
los peces del infierno: las sospechas, las dudas;
y el egoísmo
puso
su puñal
en mi mano,
y la herí con verdades crueles y mentiras,
y ella
me dijo adiós.

Yo he escrito este poema para recuperarla,
para que no se marche,
para que me perdone.
Porque de pronto,
está todo tan claro
y es fácil de explicar:
–Cada vez que me tocas,
en mi corazón crecen
los racimos
rojos
de la alegría.

Benjamín Prado
Marea humana
Visor

“Briznas del hogar”, de Pilar de Valderrama

Estas pequeñas cosas que conmigo han vivido
íntimamente unidas ¿dónde irán a parar
el día que yo parta, se desmorone el nido,
y sus pajas el viento llegue a desparramar?

Los libros que yo quise y leí tantas veces,
la lámpara que siempre mi trabajo alumbró,
la simbólica imagen que recibió mis preces,
la tela caprichosa que mi mano bordó.

El cofre cincelado, el jarrón, la pintura,
deleites de mis ojos, galas de mi mansión;
ellos fueron testigos de dolor y ventura;
del querido hogar mío fueron la ramazón.

Objetos que estuvisteis con mi vida ligados
y visteis los cambiantes de mi propio sentir
descubriendo en los pliegues más hondos y cerrados
lo que acaso yo misma no supe definir.

Las manos que os recojan ¿serán como las mías?
¿Será su tacto suave, como el mío lo fue?
¿Verán otras pupilas, impasibles y frías,
algún rastro del alma que en vosotros dejé?

¿Cuál será vuestra suerte cuando me marche lejos…?
Mis fieles compañeros, ¿qué dueño encontraréis?
Presos en la nostalgia de los afectos viejos
acaso arrinconados en un desván seréis.

¿No habrá un ser que descubra que el curso de los años
algo os fue transmitiendo de aquel que os poseyó?
¿Que aparecéis a veces con matices extraños
mezcla de luz y sombra de un alma que pasó…

… y que os legó a su paso algún rasgo, una huella
donde quedó estampada su personalidad;
una luz indecisa, como de errante estrella,
que siendo el alma vuestra, es suya en realidad?

No verán nada, nada… ¡pobres objetos míos!
Mi lámpara, mis libros, mi cuadro, mi jarrón…
seréis pequeñas gotas perdidas en los ríos
del olvido, que arrastran recuerdo y tradición.

Pilar de Valderrama
Huerto cerrado

“Un lobo”, de Fernando Valverde

Dentro de este poema pasa un lobo
que deja sus pisadas en la nieve.

Sigiloso y hambriento,
recorre la ciudad
que miró confiada hacia el futuro.

Hoy han bajado todas las persianas.

Es tarde,
trato de no hacer ruido
y que avancen los versos como pasan los días
para que el lobo escoja
un camino que lleve a otro lugar,
una presa más débil.

Pero en este poema espera un lobo
que ha venido a buscarme.
Aunque intente estar quieto y no hacer ruido
salta por las palabras un recuerdo
que me arranca un aullido y me devora.

Fernando Valverde
Los ojos del pelícano
Visor

“Si me llamaras, sí…”, de Pedro Salinas

¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
–¡si me llamaras, sí, si me llamaras! –
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas».

Pedro Salinas
La voz a ti debida

“El azucarero”, de Elena Román

En momentos de derrota habría que plantearse otra lucha:

una pequeña, fácil, que se pueda superar sin demasiado esfuerzo.

Algo así como avanzar, con la cara hinchada a bofetadas de amargor,

hacia el azucarero, repitiendo en voz alta que, pase lo que pase,

os comeréis un terrón, que eludiréis los obstáculos diabéticos

y los imperios de la sacarina y, cuando lo tengáis a mano, jurad que os lo

vais a comer… y os lo coméis.

Habría que paladearlo bien porque es la salvación, es un placer.

No cambiará nada pero tampoco habrá agravado el entorno.

Todo seguirá doliendo en su sitio menos la dulzura,

que se habrá mudado a la cavidad auxiliar de la memoria.

Elena Román
Novedades: Ayer. Posible antología 2008-2019
Ediciones Liliputienses