“¿Cómo he tardado tanto en darme cuenta?”, de José María Fonollosa

¿Cómo he tardado tanto en darme cuenta?

Los datos anunciaban claramente,

hasta con fluorescentes de colores,

que había un error grave en mis esquemas.

 

Me obcequé en proseguir, empecinado

y tenaz, por la senda equivocada

–los datos recalcábanlo insistentes–

para llegar así a ninguna parte.

 

José María Fonollosa
Destrucción de la mañana
DVD ediciones

“Punto final”, de Benjamín Prado

Un poema que imite

lo que vas a sentir cuando lo leas;

que diga al mismo tiempo

lo que siempre has pensado

y lo que nunca hubieses podido imaginar.

 

Un poema en el que las palabras

floten igual que el humo

de un papel

que se quema;

que suene como alguien

que habla de ti

en sueños;

que pueda ver en la oscuridad.

 

Un poema que beba de tus ojos,

que te espere despierto,

que salve las distancias,

que no te deje ir.

 

Un poema que te ha reconocido.

Un poema que ayude a pasar página.

Un poema que guarde un minuto de silencio

por lo que nunca se debió callar.

 

Un poema que sea imprevisible,

que diga otra cosa al leerlo otra vez.

Un poema que luche por las causas perdidas,

que se meta en la boca del lobo junto a ti.

 

Un poema que fue la pieza que faltaba;

que está escrito en la palma de tu mano;

que te deje secuelas;

que te arme de valor.

 

Un poema que sea más fuerte que el olvido.

Un poema que el tiempo ya no puede vencer.

 

Benjamín Prado
Ya no es tarde
Visor

“1936”, de Miguel Labordeta

fue en la edad de nuestro primer amor
cuando los mensajes son propicios al precoz embelesamiento
y los suaves atardeceres toman un perfume dulcísimo
en forma de muchacha azul o de mayo que desaparece
cuando
unos hombres duros como el sol del verano
ensangrentaban la tierra blasfemando
de otros hombres tan duros como ellos
tenían prisa por matar para no ser matados
y vimos asombrados con inocente pupila
el terror de los fusilados amaneceres
las largas caravanas de camiones desvencijados
en cuyo fondo los acurrucados individuos
eran llevados a la muerte como acosada manada
era la guerra el terror los incendios era la patria suicidada
eran los siglos podridos reventando
vimos las gentes despavoridas en un espanto de consignas atroces
iban y venían insultaban denunciaban mataban
eran los héroes decían golpeando
las ventanillas de los trenes repletos de carne de cañón
nosotros no entendíamos apenas el suplicio
y la hora dulce de un jardín con alegría y besos
fueron noches salvajes de bombardeo noticias lúgubres
la muerte banderín de enganche cada macilenta aurora
y héteme aquí solo ante mi vejez más próxima
preguntar en silencio
qué fue de nuestro vuelo de remanso
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?

vanas son las preguntas a la piedra
y mudo el destino insaciable por el viento
mas quiero hablarte aquí de mi generación perdida
de su cólera paloma en una sala de espera con un reloj parado para siempre
de sus besos nunca recobrados
de su alegría asesinada
por la historia siniestra
de un huracán terrible de locura

 

Miguel Labordeta
Los soliloquios

“Debod bajo el sol de junio”, de Laura Carrillo Palacios

Nunca creí que Madrid pudiera ser amada
por las almas frágiles que buscamos
un pedazo de calor y desgarramos
los mensajes pueriles
con los que calles y plazas son día a día profanadas.

Pero el amor estalla detrás de cada esquina,
en cada mirada que recojo los lunes deshechos
cuando la vida cuesta un poquito más
de la cuenta.

Me enamoro de esos fuegos
que pululan en los bares,
de las guitarras que arrojan
una nota de luz sobre las bocas tristes.

Parece que la muerte aquí no existe,
y que un coro eterno interpreta la melodía
de ruido y fiereza que nos sepulta
sin que lo advirtamos.

Del cielo caen chorros calientes
y las sombras lánguidas de los árboles
se arquean y maceran su fragancia
de tierra y de sal.

Muchos pasean y pocos contemplan
el agua que nos crea,
las curvas pestañas que vibran
en el centro de esta nada que nos infunde
la falsa ilusión de ser algo.

El tiempo se detiene en Debod.
Los jóvenes invocan a la vida
entre bocanadas de tabaco rancio,
tragos espumosos
y canciones mal entonadas.

Hablan de los sueños perdidos,
se aferran a la juventud que se les escapa,
temen recordar en lugar de ser recuerdo.

No saben que el tiempo no es lineal.
Que no avanza hacia la muerte,
sino que esta es aquí y ahora,
más cierta que cualquiera de los besos
lanzados a los personajes esculpidos por nuestra mente.

Más cierta que el traqueteo de los cuerpos tambaleantes,
más que la firme proclamación
de ser porque se respira

este aire contaminado.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Editorial Gato Encerrado

El baile de los girasoles ya está disponible en nuestros puntos de venta.

“Canción de aniversario”, de Luis García Montero

incómodos
de no sentir el peso de los años

J. Gil de Biedma

Son
extrañamente hermosos todavía,
estos labios de hace ahora tres años
y me parece inédito
el gesto de tu beso,
este llegar aquí cada vez más tranquilo,
con la serenidad
del que tiene por cómplice la vida
y su rutina.

Hoy sabemos que entonces,
cuando tus veinte años y mi primer abrazo,
empezamos por ser
sobre todo indecisos: la tímida torpeza
de la primera noche
y la dificultad
con que dejar las manos
en el hábito infiel de nuestros vicios.

Ahora
extrañamente hermoso estar aquí,
demasiado a menudo y decididos,
incómodo
de no sentir el peso de los años
aprendiendo contigo la premeditación
y escribiendo en tu piel mi alevosía.

Porque suele haber bancos donde se espera siempre,
aceras que prefieres por costumbre
o líneas de autobús a mediodía.

Y sin embargo tú
reapareces inédita en tu gesto
para decirme hoy
que le conteste al tiempo y sus preguntas
el práctico saber que tienes de mi cuerpo.

Luis García Montero
Tristia

“Vivo y mortal”, de Blas de Otero

Sé que hay estrellas, luminosos mares
de fuego, inhabitados paraísos,
cadenas de planetas, cielos lisos,
montañas que se yerguen como altares.

Sé que el mundo, la Tierra que yo piso,
tiene vida, la misma que me hace.
Pero sé que se muere si se nace,
y se nace, ¿por qué?, ¿por quién que quiso?

Nadie quiso nacer. Ni nadie quiere
morir. ¿Por qué matar lo que prefiere
vivir? ¿Por qué nacer lo que se ignora?

Solo está el hombre. El mundo, inmenso, gira.
Sobre su gozne virginal, suspira
lo que, vivo y mortal, el hombre llora.

Blas de Otero
Ancia
Visor

“Fujita, escala de”, de Elena Román

Si vas dejando vendavales,
cómo quieres que no me despeine,
si me los encuentro cada vez que abro
este cuaderno, armarios, esa ventana,
cajones, precintos de seguridad.
Cómo no quieres que me despeine,
que se me vayan las piernas para arriba,
que gire en medio de las fuerzas invisibles
que componen temporales no declarados,
que atraviese las paredes y los caminos.
Si vas dejando vendavales por mi cuerpo,
cómo quieres que no ande desnuda,
si me abren el alma y, al abrirla,
me los encuentro dentro, abriéndome.
Cómo no quieres que ande desnuda
buscándote por las paredes y los caminos
para devolverte los vendavales de mi ventana,
cajones, armarios, cuaderno, precintos de seguridad.
Si vas dejando vendavales en los vendavales
que vas dejando en mis piernas, cómo quieres
que no gire hacia ti en medio de fuerzas invisibles.
Cómo no quieres que me abra el alma si me la abres tú,
despeinándomela, desnudándomela, no declarándomela
ni temporal ni compuesta, cómo sujetármela a tu paso.

Elena Román
Novedades: Ayer. Posible antología 2008-2019
Ediciones Liliputienses

“La isla de los sueños”, de Laura Carrillo Palacios

Alguien volverá a la isla de los sueños
y no seré yo.

Aunque quizás lo parezca cuando os silencien
los cantos de cigarra de Cales Coves
y os plantéis ajos en la piel tostada
por el mismo sol que nos inundó en el Fin del Mundo.

Quizás se ría parecido
mientras surcáis las entrañas de la luna de rocas
o mientras exploráis los senderos que conducen a Llucalari
o mientras esquiváis unas cuantas medusas
en el mar de las plataformas.

Quizás te mire con tanto amor
que parezca salírsele del pecho.

Más no, no seré yo.

Será una versión más libre y enamorada
de este yo que vuela a un Madrid
de ruidos y esperanzas.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Editorial Gato Encerrado

Ya disponible en nuestros puntos de venta.