“El agua fluye de una manera distinta cuando estás en la grieta”, de Paloma Camacho Arístegui

«Bebe más agua», me dicen
«lo necesitas»
y no lo entiendo
no lo entiendo

no lo entiendo
si no hace sino derramarse por todas partes
quiero decir: mis ojos

mis ojos de madera hinchada
abiertos como puertas que ya no cerrarán
pues no encajarán nunca más en el quicio.

¿Y si cada gota fuera un miedo?
¿y si cada silencio, un vómito
que debe quedar dentro?

Dentro para no olvidar
la amargura del dolor ajeno
que se convierte en propio
la acidez, si es que alguna vez lo sentiste
la corrosión, no solo de estómago y corazón
sino también de fuerza y sonrisa.

Hasta que un día desapareces y nadie sabe por qué
porque doler, duele; pero sangrar, no sangras
y cuando no hay sangre en la que hundir los dedos
parece que nada acontece.

 

Paloma Camacho Arístegui
Cartografía de un abandono
Editorial Gato Encerrado

“No sirves para nada”, de José Agustín Goytisolo

Fui un mísero afligido desde mi mocedad,
siempre lleno de espanto, lleno de tristeza…
(Salm., 88, 16)

 

Cuando yo era pequeño
estaba siempre triste
y mi padre decía
mirándome y moviendo
la cabeza: hijo mío
no sirves para nada.

Después me fui al colegio
con pan y con adioses
pero me acompañaba
la tristeza. El maestro
graznó: pequeño niño
no sirves para nada.

Vino luego la guerra
la muerte –yo la vi–
y cuando hubo pasado
y todos la olvidaron
yo triste seguí oyendo:
no sirves para nada.

Y cuando me pusieron
los pantalones largos
la tristeza enseguida
cambió de pantalones.
Mis amigos dijeron:
no sirves para nada.

En la calle en las aulas
odiando y aprendiendo
la justicia y sus leyes
me perseguía siempre
la triste cantinela:
no sirves para nada.

De tristeza en tristeza
caí por los peldaños
de la vida. Y un día
la muchacha que amo
me dijo y era alegre:
no sirves para nada.

Ahora vivo con ella
voy limpio y bien peinado.
Tenemos una niña
a la que a veces digo
también con alegría:
no sirves para nada.

 

José Agustín Goytisolo
Salmos al viento

Félix Chacón y Carlos Ávila en la Libre de Barrio de Leganés

Félix Chacón visita este viernes La Libre de Barrio de Leganés para presentar Material de derribo (Espasa), su nuevo libro de poemas. Le acompañará el poeta y cantautor Carlos Ávila, que presentará el acto y pondrá el broche final al encuentro interpretando una serie de poemas a los que ha puesto música, y que forman parte de uno de los proyectos discográficos en los que trabaja actualmente. En el siguiente vídeo, grabado en mayo de este mismo año, Carlos Ávila interpreta “Cuando todo funciona”, uno de los poemas de Material de derribo:

CUANDO TODO FUNCIONA

Cuando todo funciona
y la casa está en orden
y todos los relojes
marcan la misma hora
y el móvil tiene rayas
con wifi y batería
y no quiero otros muebles
ni hacer otra reforma
ni colgar ningún cuadro
y los grifos funcionan
y tragan los desagües
y no espero al cartero
ni ningún gilipollas
viene a llamar al timbre
ni suenan los teléfonos
para venderme nada
ni me enferma el PC
por coger algún virus
y el coche está en la calle
intacto y no precisa
ir de nuevo al taller
o a pasar la ITV
y nadie ha convocado
ninguna puñetera
reunión de vecinos
y no hay que hacer gestiones
ni llamar a abogados
ni limpiar las ventanas
ni comprar más vajilla
ni ir otra vez al súper
ni a la tintorería
ni llamar al seguro
por la puta gotera
que ha vuelto a aparecer
entonces, solo entonces
a ratos soy feliz

Material de derribo
ESPASA es POESÍA

“1946: Escuela pública”, de Antonio Martínez Sarrión

Todo era gris y desconchado,

rencoroso y atroz. Las criaturas

maduraban muy pronto en lo peor:

el capricho, el sadismo, los instintos

cainitas. Solían ponderarse,

febrilmente, modelos alemanes

de aviones, masacres contra indios

en los peores westerns,

razzias imperialistas con lanceros.

Se burlaban  del Negus,

y en las fotos de Gandhi

clavaban un gargajo muy reído.

La hora del recreo era temible:

imponían su arbitrio los más bestias:

retacos ya con bíceps abultados

y repuntes de barba

que, sólo por mirarles, te insultaban,

te tiraban al suelo, te hacían comer tierra

o te la deslizaban hasta el sexo

después de abrirte la bragueta.

Si te veían renuente a sus depredaciones

de tártaros borrachos,

con torturas más fuertes la emprendían:

empujarte y frotarte contra los urinarios

que rezumaban baba y pestilencia,

obligarte a jugar una partida

de una ruleta tosca y despiadada,

propia de rabadanes y espoliques

en la antigua Caldea

que, mediante una taba de cordero,

en funciones de dado,

sorteaba dignidades: rey,

verdugo, condenado o reo,

y administraba duros cintarazos

que prohibían, no sólo las lágrimas,

sino el quejido, el rictus de dolor.

Nunca vi a los maestros

cortar las salvajadas. Impensable

acudir a la denuncia:

iba en ello la honra.

Todo era abotargado, el aire no corría,

instalándose en aulas y pasillos

como una rata hedionda y desventrada.

 

Todo era miserable, sórdido, sometido.

Pero llegaba abril y en los arriates

escondidos del patio,

una mañana con aire más tibio,

y sin tarjeta de presentación,

estallaban las lilas

y ellas te consolaban

un año y otro y otro.

Todavía,

al asaltarte su delgado aroma

en una encrucijada del Retiro,

sesenta años después,

se humedecen tus ojos.

 

Antonio Martínez Sarrión
Poeta en Diwan
Tusquets Editores

“Severa conminación de un ciudadano del mundo”, de Miguel Labordeta

Mataos
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Si vuestra rabia es fuego que devora tal cielo
y en vuestras almohadas crecen las pistolas:
destruíos aniquilaos ensangrentad
con ojos desgarrados los acumulados cementerios
que bajo la luna de tantas cosas callan
pero dejad tranquilo al campesino
que cante en la mañana
el azul nutritivo de los soles.

Invadid con vuestro traqueteo
los talleres los navíos las universidades
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece
triturad toda rosa hallad al noble pensativo
preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte
que han de aplastar a las dulces muchachas paseantes
en esta misma hora que sonríe
por una desconocida ciudad de provincias
pero dejad tranquilo al joven estudiante
que lleva en su corazón un estío secreto.

Inundad los periódicos las radios los cines las tribunas
de entelequias estructuras incompatibilidades
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.

Asesinaos si así lo deseáis
exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
que jamás asiríais un fusil de bravura
pero dejad tranquilo a ese hombre tan bueno y tan vulgar
que con su mujer pasea en los económicos atardeceres.

Aplastaos pero vosotros
los inquisitoriales azuzadores de la matanza
los implacables dogmáticos de estrechez mentecata
los monstruosos depositarios de la enorme Gran Estafa
los opulentos energúmenos que en alza favorable de cotizaciones
preparáis la trituración de los sueños modestos
bajo un hacha de martirios inútiles.

Pisotead mi sepulcro también
os lo permito si así lo deseáis inclusive y todo
aventad mis cenizas gratuitamente
si consideráis que mi voz de la calle no se acomoda a vuestros fines suculentos
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna
al campesino que nos suda la harina y el aceite
al joven estudiante con su llave de oro
al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
y al hombre gris que coge los tranvías
con su gabán roído a las seis de la tarde.

Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos
y entre todos aspiran a vivir tan sólo esto
y de ellos ha de crecer
si surge
una raza de hombres con puñales de amor inverosímil
hacia otras aventuras más hermosas.

 

Miguel Labordeta
Epilírica

“Nocturno romano. II”, de José Manuel Lucía Megías

Esta noche he prendido fuego a todas mis naves
para impedirme una indigna huida lejos de ti.
Esta noche he abierto grietas en mis muros
para hacer más fácil y victoriosa tu entrada.
Esta noche he asesinado a mis soldados
enloquecidos con el canto de cien sirenas.
Esta noche me he despojado de mis atributos reales
vistiéndome con la ropa de uno de mis esclavos.
Esta noche me presento vencido antes de la batalla,
dispuesto a no poner resistencia a ninguno de tus ataques,
a sentir como besos y caricias cada uno de tus dardos.

Y así podrías verme:
mirando desde mis muros en silencio vestido de esclavo
mientras arden mis barcos de papel en un puerto de cenizas.

Así podrías verme, así podrías tenerme
si me miraras; si abandonaras por un segundo
tus barcos, tus muros, tus soldados y tu orgullo imperial,
ese que te convierte en esclavo de tus propias miradas.

 

José Manuel Lucía Megías
Cuaderno de bitácora
Sial Ediciones

“Tenías una belleza tan líquida colgando del labio…”, de María Sotomayor

Tenías una belleza tan líquida colgando del labio
que hubo un tiempo que olvidé cómo nombrarte
más tarde el puño sobre la mesa
y quedarte tan flaca después del nacimiento
en los objetos punzantes que han llenado tu cabeza
la casa tan vacía
el grito tan alto
que no te reconoces
en el olor de la cama deshecha después de los mayores
de la ceremonia salvaje de ser dorada
ningún espejo va a devolverte tu imagen de cierva
como ningún hombre te va a volver a llenar el vientre
estás seca, te doblas como un junco
y su pequeño corazón se derrama
en tu belleza tan líquida
colgando del labio
en algún lugar de una niña
que hace una acrobacia en la ventana
y lo pone todo perdido de cabellos
sonando a barro en los ríos
en la vida entera

 

María Sotomayor
La paciencia de los árboles
La Bella Varsovia