“Es fácil que con los años…”, de Begoña Abad

Es fácil que con los años
almacenes dinero
y que con él te compres
una casita, un coche,
una finca, un caballo,
un yate, una mansión.
Es incluso probable
que llegues a ser ministro,
que te pases de listo
y compres un país.
A estas alturas del poema
es posible que tengas
damas en propiedad,
por eso me gusta tanto
seguir escribiendo versos
en los que comunicarte
que mis pestañas, ya ves, tan poca cosas,
andan sueltas,
que mis pies y mis manos
ya no te pertenecen
y que mi libertad no está en venta.
Que no podrás tenerme en propiedad.

Begoña Abad
Cómo aprender a volar
Olifante

“No veo nada”, de Charles Bukowski

no veo nada más que
el crepúsculo mutilado.
me gustaría aventurarme
con esperanza
no solo por la supervivencia humana
sino también por la supervivencia del pensamiento y
la música y el arte y la pintura e incluso
la historia de la humanidad,
pero, sabes, es como un chivatazo que me dio una vez
mi corredor de apuestas:
no apuestes por ello.
ahora lo veo todo
convirtiéndose en beicon requemado
van goghs tullidos mendigando calderilla a
banqueros tullidos,
todo yéndose al garete
todos mendigando y descendiendo a la deriva
por el paisaje retorcido
hacia los valles
el público condenado
aullando:

el caso es que
todo esto es lo que
nos merecemos.

la oscuridad está vacía:
la mayoría de nuestros héroes se han
equivocado.

Charles Bukowski
La noche desquiciada de pasos
Visor

“¿Para quién escribo?…”, de Vicente Aleixandre

¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista o simplemente el curioso.

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice admonitorio entre las tristes ondas de música.

Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora (entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los impertinentes).

Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que corre por la calle como si fuera a abrir las puertas de la aurora.

O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma, le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.

Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).

Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, viviendo en el mundo.

Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora de muchas vidas, y manos cansadas.

Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no le oyeron.

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme, está mi palabra.

Vicente Aleixandre
En un vasto dominio
Alianza

“Democracia parlamentaria”, de Alberto García-Teresa

Cuando termina el tiempo del recreo,
las élites recogen el balón
y se lo llevan a casa.

Nosotros,
como siempre,
felices por haber correteado un rato,
por haber ganado incluso un partido,
nos quedamos mirándonos sonrientes
y continuamos apuntalando porterías,
alisando el campo, trazando unas líneas
que siempre nos dejan
fuera de juego.

Alberto García-Teresa
A pesar del muro, la hiedra
Huerga y Fierro Editores

“El terrorista: él mira”, de Wislawa Szymborska

La bomba va a estallar en el bar a las trece y veinte.
Ahora son sólo las trece y dieciséis.
Algunos todavía tienen tiempo para entrar.
Otros, para salir.

El terrorista ya ha pasado al otro lado de la calle.
Esta distancia lo preserva de todo el mal.
Y ofrece un panorama como en el cine:

Una mujer con cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con gafas oscuras: él sale.
Unos muchachos en vaqueros: ellos hablan.
Las trece y diecisiete con cuatro segundos.
El más bajo, este tiene suerte, se sube a la moto,
y el más alto entra.

Trece y diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña, con una cinta verde en el pelo: ella camina.
Sólo que el autobús la tapa de repente.

Trece y dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
ya se verá cuando los vayan sacando.

Trece y diecinueve.
Parece que no entra nadie.
Al contrario, un gordo calvo aún sale.
Parece que busca algo en los bolsillos y
a las trece y veinte menos veinte segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.

Son las trece y veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
En cualquier momento.
Todavía no.
Sí, ahora.
La bomba: estalla.

Wislawa Szymboska
El gran número

¡A la mierda 2020!

La asociación cultural El Dorado despide el 2020 con poesía, música y danza en el Castillo de San Servando de Toledo. El acto tendrá lugar este viernes, 18 de diciembre, a las 19.30 horas. Entre los veinte participantes, encontrarás a dos de nuestros autores: Carlos Ávila y Alicia Es. Martínez Juan.

Es gratuito, pero el aforo es limitado (60 personas) y hay que reservar entrada escribiendo a eldorado.acultural@gmail.com

“Destrucción de algunos tópicos sobre la sensibilización”, de Elena Román

Para separarnos de nuestras ocupaciones,
despegarnos de nuestras máquinas,
descentrarnos de nosotros mismos,
no basta el llanto ni el hambre ajena,
el testimonio diario de las injusticias:
tan solo conmueve la tragedia cercana,
la vivida, el propio cataclismo.
La catástrofe es la única manera
de que todo siga su curso.

Elena Román
Novedades: Ayer. Posible antología 2008-2019
Ediciones Liliputienses

“Al dios terrible”, de Luis Antonio de Villena

En el verano antiguo quemaban los rastrojos
y eran llamas grandes, dentro del calor del campo.
Era salvaje y pletórico el cálido verano
y los ríos llenos de báquicos muchachos erectos
se unían al enorme sopor del secarral,
al grito del grillo y la chicharra meridiana…
Y mientras todo era ardor y agua,
volcán y verde, la juventud despertaba al sol
henchida y gozosa de lujuria, delicada y salvaje.
Ahora me cuesta creer –aproximando el verano–
que haya sido yo (ese casi perdido yo joven)
quien viviera incendiado de higueras y de pámpanos,
de siestas sexuales y apetitos de noche
en aquel verano, ocioso y largo, en el que yo
gozaba sudoroso y dulce, persiguiendo cuerpos,
henchido de savia y tan eterno –tan sin tiempo–
como eterno es el verano de la juventud,
el tiempo loco de faunos y cigarras,
el tiempo en que todo parece estación de la vida
y sólo existe –sólo– una vida soez e imperturbable.

Luis Antonio de Villena
Los gatos príncipes
Visor

“Inventario de lugares propicios al amor”, de Ángel González

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
–sin interés alguno–
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

Ángel González
Tratado de urbanismo
Bartleby Editores