«Ítaca», de Konstantinos Kavafis

Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A lestrigones y a cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a lestrigones ni a cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
llegues a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y que en tu vejez llegues a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella no hubieras emprendido el camino.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.

Konstantinos Kavafis
Poesías completas
Hiperión

«Hegemonía», de Antonio Orihuela

Dices: 

guerras de baja intensidad,
tráfico de seres humanos,
organismos modificados,
reclutamientos forzosos,
tragedias humanitarias,
inmigrantes muertos,
deterioro ecológico,

oleadas de pateras,

cambio climático,

desplazados,
hambrunas,
corrupción,

esclavitud,
violaciones,
epidemias,
verjas,

pero debe haber un error,

nuestras flores no están sucias de cenizas,
no llueve ceniza sobre nuestras cabezas,
no sale ceniza de nuestras chimeneas.

¿Y cuando salga?

Siempre podemos pensar que es un error
o que, al fin y al cabo, solo es ceniza
sobre las flores, sobre nuestras cabezas.

Antonio Orihuela
Sin fin – Antología personal 1993-2023
Editorial Gato Encerrado

«Constelaciones mundanas», de Laura Carrillo Palacios

La tristeza se ha hecho ciudad,
gotea sobre este corazón
cansado de esperar.

Pero quizás no estoy tan perdida
si sigo sintiendo
algún abrazo
de miradas tibias,
algún atisbo de humanidad
en el gris asfalto
de vuestras almas.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Editorial Gato Encerrado

«Sale caro ser poeta», de Gloria Fuertes

Sale caro, señores, ser poeta.
La gente va y se acuesta tan tranquila
–que después del trabajo da buen sueño–.
Trabajo como esclavo llego a casa.
me siento ante la mesa sin cocina,
me pongo a meditar lo que sucede.
La duda me acribilla todo espanta;
comienzo a ser comida por las sombras
las horas se me pasan sin bostezo
el dormir se me asusta se me huye
–escribiendo me da la madrugada–.
Y luego los amigos me organizan recitales,
a los que acudo y leo como tonta,
y la gente no sabe de esto nada.
Que me dejo la linfa en lo que escribo,
me caigo de la rama de la rima
asalto las trincheras de la angustia
me nombran su héroe los fantasmas,
me cuesta respirar cuando termino.
Sale caro señores ser poeta.

Gloria Fuertes
Poeta de guardia
Ediciones Torremozas

«Yo agua», de Paloma Camacho Arístegui

A existir después de la tristeza
es a lo que no me enseñaron tus ojos.

Ahora mi rostro cetrino
reposa sobre la arena
y aprendo a amar la duda.

Yo sola. Yo pueril. Yo agua.

Repito: yo sola
necesito recuperar la cadencia del mar
entender cada ola
como un reencuentro
con cada una de las palomas
que he dejado morir.

Sigo albergando interrogantes
mas ya no quiero respuestas.

Paloma Camacho Arístegui
Cartografía de un abandono
Editorial Gato Encerrado

«Si el hombre pudiera decir», de Luis Cernuda

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.


Los placeres prohibidos
Luis Cernuda

«Tiempos mejores», de Félix Chacón

Eran tiempos mejores porque el tiempo sobraba
y podía gastarlo en bromas, en ensayos
en juegos, en dar vueltas sin ir a ningún sitio
en derrochar las tardes y las noches insomnes
viendo programas bobos de la televisión
en debates absurdos que no aclaraban nada
y siempre conducían al punto de partida
en planes imposibles que a veces nos creíamos
o en viajes lisérgicos y desbarres etílicos
que devoraban horas con un hambre voraz

Eran tiempos mejores porque nadie advertía
el paso de los días y el peso de los años

No había nada urgente y todo lo importante
podía posponerse indefinidamente

Félix Chacón
Los días perplejos
Editorial Gato Encerrado

«Federico», de Nicolás Guillén

Toco la puerta de un romance.
–¿No anda por aquí Federico?
Un papagayo me contesta:
–Ha salido.

Toco una puerta de cristal.
–¿No anda por aquí Federico?
Viene una mano, y me contesta:
–Está en el río.

Toco la puerta de un gitano.
–¿No anda por aquí Federico?
Nadie contesta, no habla nadie…
–¡Federico! ¡Federico!

La casa oscura, vacía;
humedad en las paredes;
brocal de pozo sin cubo,
jardín de lagartos verdes.

Sobre la tierra mullida,
caracoles que se mueven,
y el rojo viento de julio
entre las ruinas, meciéndose.

¡Federico! ¡Federico!
¿Dónde el gitano se muere?
¿Dónde sus ojos se enfrían?
¡Dónde estará, que no viene!
¡Federico! ¡Federico!

(UNA CANCIÓN)

Salió el domingo, a las nueve;
salió el domingo, de noche;
salió el domingo, ¡y no vuelve!
Llevaba en la mano un lirio,
llevaba en los ojos fiebre;
el lirio, se tornó sangre,
la sangre, tornose muerte.

(OTRA CANCIÓN)

¡Dónde estará Federico,
dónde estará, que no viene!
¡Federico! ¡Federico!
¡Dónde estará, que no viene!
¡Dónde estará, que no viene!

(MOMENTO EN GARCÍA LORCA)

Soñaba Federico en nardo y cera,
y aceituna y clavel y luna fría.
Federico, Granada y Primavera.

En afilada soledad dormía,
al pie de sus ambiguos limoneros,
echado, musical, junto a la vía.

Alta la noche, ardiente de luceros,
arrastraba su cola transparente
por todos los caminos carreteros.

«¡Federico!», gritaron de repente,
con las manos inmóviles, atadas,
gitanos que pasaban lentamente.

¡Qué voz la de sus venas desangradas!
¡Qué ardor el de sus cuerpos ateridos!
¡Qué suaves sus pisadas, sus pisadas!

Iban verdes, recién anochecidos;
en el duro camino invertebrado
caminaban descalzos los sentidos.

Alzose Federico, en luz bañado;
Federico, Granada y Primavera;
y con luna y clavel y nardo y cera,
siguiolos por el monte perfumado.

Nicolás Guillén
España: Poema en cuatro angustias y una esperanza
Ediciones Españolas

«La enfermedad de los poetas», de Elena Román

Bésame la sonrisa, a ver qué pasa. Mi enfermedad no se obsesiona. Mi enfermedad no es tema de conversación entre enfermeras. La gente se les muere y ellas atesoran tristeza en la frente. Bésame la noche, que no se contagia. Bésamela, que sí se contagia. Ahora que te estoy viviendo me dan ganas de escribirte. Y hay quien envidia la enfermedad de los poetas. Yo no quiero curarme, aunque sería más llevadero si no estuviera enferma todo el día. Me pita el ventrículo derecho cuando me escribes. Cómeme la sonrisa, a ver si puedes. No me gustan los poetas que vuelan en barco. Pero tú sí.

Elena Román
Amapolamen
Editorial Gato Encerrado

«La aurora», de Federico García Lorca

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico García Lorca
Poeta en Nueva York
Ya lo dijo Casimiro Parker