“Las tres palabras más extrañas”, de Wislawa Szymborska

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.

Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no existencia.

Wislawa Szymborska
El gran número – Fin y principio y otros poemas
Ediciones Hiperión

“Igual que vosotros”, de Blas de Otero

Desesperadamente busco y busco
un algo, qué sé yo qué, misterioso,
capaz de comprender esta agonía
que me hiela, no sé con qué, los ojos.

Desesperadamente, despertando
sombras que yacen, muertos que conozco,
simas de sueño, busco y busco un algo,
qué sé yo dónde, si supieseis cómo.

A veces, me figuro que ya siento,
qué sé yo qué, que lo alzo ya y lo toco,
que tiene corazón y que está vivo,
no sé en qué sangre o red, como un pez rojo.

Desesperadamente, le retengo,
cierro el puño, apretando el aire sólo…
Desesperadamente, sigo y sigo
buscando, sin saber por qué, en lo hondo.

He levantado piedras, frías, faldas
tibias, rosas, azules, de otros tonos,
y allí no había más que sombra y miedo,
no sé de qué, y un hueco silencioso.

Alcé la frente al cielo: lo miré
y me quedé ¡por qué, oh Dios! dudoso:
dudando entre quién sabe, si supiera
qué sé yo qué, de nada ya y de todo.

Desesperadamente, esa es la cosa.
Cada vez más sin causa y más absorto
qué sé yo en qué, sin qué, oh Dios, buscando
lo mismo, igual, oh hombres, que vosotros.

Blas de Otero
Ancia
Visor

“Para escribir tengo que estar muerto…”, de Federico de Arce

Para escribir
Tengo que estar muerto
Escribo de nuevo
La cita de Franz Kafka
Que tanto rumio
Intentando digerir escribo
Tengo que escribir
Sin esperanza
En lo que escribo
De la misma manera
Que no esperan los peces
Recompensa alguna
Por nadar bien
Ni siquiera tengo que escribir bien
Sólo tengo que escribir
Escribir escribir escribir
Y la escritura hace posible
El sagrado juego de la vida
En la que estoy muerto

Federico de Arce
Jugando a las casitas con Emily Dickinson
Mochuelo Libros

“Término”, de Constantino Cavafis

Entre el miedo y las sospechas,
con los ojos inquietos y asustados,
nos consumimos, tramando la manera de escapar
al seguro peligro
que tan terriblemente nos amenaza.
Y sin embargo, nos equivocamos: no está en nuestro camino;
los mensajes eran falsos
(o no alcanzamos a oírlos, o no nos llegaron bien).
Otra catástrofe, que no imaginábamos,
repentina, violenta, cae sobre nosotros,
y sin estar aún preparados –ya no hay tiempo– nos arrastra.

Constantino Cavafis
Poesía completa
Editorial Pre-Textos

“Retención de latidos”, de Laura Carrillo Palacios

Retienes agua en tus piernas,
moho en la despensa
y dolor en las raíces
de tu espalda.

Almacenas ajos en la terraza,
líquido en tus carnes
y una vertiente
de fósforo quemado
en la séptima vértebra
de las dudas.

Sientes apego
por el desapego
y no te marchas nunca,
aunque siempre te estás yendo.

Bajo tu piel de almendruco,
hay más que azufre y bilis negra,
un estómago con ojos
y una vejiga seca
como una uva
marchita de voluntad.

Un mar de sándalo
por tus huesos se derrama
y el viento lo recoge
para ofrecérselo a tus labios.

Sientes desapego
por el apego
y no permaneces nunca,
aunque siempre estés aquí.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Gato Encerrado

“Es fácil que con los años…”, de Begoña Abad

Es fácil que con los años
almacenes dinero
y que con él te compres
una casita, un coche,
una finca, un caballo,
un yate, una mansión.
Es incluso probable
que llegues a ser ministro,
que te pases de listo
y compres un país.
A estas alturas del poema
es posible que tengas
damas en propiedad,
por eso me gusta tanto
seguir escribiendo versos
en los que comunicarte
que mis pestañas, ya ves, tan poca cosas,
andan sueltas,
que mis pies y mis manos
ya no te pertenecen
y que mi libertad no está en venta.
Que no podrás tenerme en propiedad.

Begoña Abad
Cómo aprender a volar
Olifante

“No veo nada”, de Charles Bukowski

no veo nada más que
el crepúsculo mutilado.
me gustaría aventurarme
con esperanza
no solo por la supervivencia humana
sino también por la supervivencia del pensamiento y
la música y el arte y la pintura e incluso
la historia de la humanidad,
pero, sabes, es como un chivatazo que me dio una vez
mi corredor de apuestas:
no apuestes por ello.
ahora lo veo todo
convirtiéndose en beicon requemado
van goghs tullidos mendigando calderilla a
banqueros tullidos,
todo yéndose al garete
todos mendigando y descendiendo a la deriva
por el paisaje retorcido
hacia los valles
el público condenado
aullando:

el caso es que
todo esto es lo que
nos merecemos.

la oscuridad está vacía:
la mayoría de nuestros héroes se han
equivocado.

Charles Bukowski
La noche desquiciada de pasos
Visor

“¿Para quién escribo?…”, de Vicente Aleixandre

¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista o simplemente el curioso.

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice admonitorio entre las tristes ondas de música.

Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora (entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los impertinentes).

Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que corre por la calle como si fuera a abrir las puertas de la aurora.

O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma, le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.

Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).

Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, viviendo en el mundo.

Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora de muchas vidas, y manos cansadas.

Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no le oyeron.

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme, está mi palabra.

Vicente Aleixandre
En un vasto dominio
Alianza

“Democracia parlamentaria”, de Alberto García-Teresa

Cuando termina el tiempo del recreo,
las élites recogen el balón
y se lo llevan a casa.

Nosotros,
como siempre,
felices por haber correteado un rato,
por haber ganado incluso un partido,
nos quedamos mirándonos sonrientes
y continuamos apuntalando porterías,
alisando el campo, trazando unas líneas
que siempre nos dejan
fuera de juego.

Alberto García-Teresa
A pesar del muro, la hiedra
Huerga y Fierro Editores