«Hegemonía», de Antonio Orihuela

Dices: 

guerras de baja intensidad,
tráfico de seres humanos,
organismos modificados,
reclutamientos forzosos,
tragedias humanitarias,
inmigrantes muertos,
deterioro ecológico,

oleadas de pateras,

cambio climático,

desplazados,
hambrunas,
corrupción,

esclavitud,
violaciones,
epidemias,
verjas,

pero debe haber un error,

nuestras flores no están sucias de cenizas,
no llueve ceniza sobre nuestras cabezas,
no sale ceniza de nuestras chimeneas.

¿Y cuando salga?

Siempre podemos pensar que es un error
o que, al fin y al cabo, solo es ceniza
sobre las flores, sobre nuestras cabezas.

Antonio Orihuela
Sin fin – Antología personal 1993-2023
Editorial Gato Encerrado

«Constelaciones mundanas», de Laura Carrillo Palacios

La tristeza se ha hecho ciudad,
gotea sobre este corazón
cansado de esperar.

Pero quizás no estoy tan perdida
si sigo sintiendo
algún abrazo
de miradas tibias,
algún atisbo de humanidad
en el gris asfalto
de vuestras almas.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Editorial Gato Encerrado

«Sale caro ser poeta», de Gloria Fuertes

Sale caro, señores, ser poeta.
La gente va y se acuesta tan tranquila
–que después del trabajo da buen sueño–.
Trabajo como esclavo llego a casa.
me siento ante la mesa sin cocina,
me pongo a meditar lo que sucede.
La duda me acribilla todo espanta;
comienzo a ser comida por las sombras
las horas se me pasan sin bostezo
el dormir se me asusta se me huye
–escribiendo me da la madrugada–.
Y luego los amigos me organizan recitales,
a los que acudo y leo como tonta,
y la gente no sabe de esto nada.
Que me dejo la linfa en lo que escribo,
me caigo de la rama de la rima
asalto las trincheras de la angustia
me nombran su héroe los fantasmas,
me cuesta respirar cuando termino.
Sale caro señores ser poeta.

Gloria Fuertes
Poeta de guardia
Ediciones Torremozas

«Yo agua», de Paloma Camacho Arístegui

A existir después de la tristeza
es a lo que no me enseñaron tus ojos.

Ahora mi rostro cetrino
reposa sobre la arena
y aprendo a amar la duda.

Yo sola. Yo pueril. Yo agua.

Repito: yo sola
necesito recuperar la cadencia del mar
entender cada ola
como un reencuentro
con cada una de las palomas
que he dejado morir.

Sigo albergando interrogantes
mas ya no quiero respuestas.

Paloma Camacho Arístegui
Cartografía de un abandono
Editorial Gato Encerrado

«Si el hombre pudiera decir», de Luis Cernuda

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.


Los placeres prohibidos
Luis Cernuda

«Tiempos mejores», de Félix Chacón

Eran tiempos mejores porque el tiempo sobraba
y podía gastarlo en bromas, en ensayos
en juegos, en dar vueltas sin ir a ningún sitio
en derrochar las tardes y las noches insomnes
viendo programas bobos de la televisión
en debates absurdos que no aclaraban nada
y siempre conducían al punto de partida
en planes imposibles que a veces nos creíamos
o en viajes lisérgicos y desbarres etílicos
que devoraban horas con un hambre voraz

Eran tiempos mejores porque nadie advertía
el paso de los días y el peso de los años

No había nada urgente y todo lo importante
podía posponerse indefinidamente

Félix Chacón
Los días perplejos
Editorial Gato Encerrado

«Federico», de Nicolás Guillén

Toco la puerta de un romance.
–¿No anda por aquí Federico?
Un papagayo me contesta:
–Ha salido.

Toco una puerta de cristal.
–¿No anda por aquí Federico?
Viene una mano, y me contesta:
–Está en el río.

Toco la puerta de un gitano.
–¿No anda por aquí Federico?
Nadie contesta, no habla nadie…
–¡Federico! ¡Federico!

La casa oscura, vacía;
humedad en las paredes;
brocal de pozo sin cubo,
jardín de lagartos verdes.

Sobre la tierra mullida,
caracoles que se mueven,
y el rojo viento de julio
entre las ruinas, meciéndose.

¡Federico! ¡Federico!
¿Dónde el gitano se muere?
¿Dónde sus ojos se enfrían?
¡Dónde estará, que no viene!
¡Federico! ¡Federico!

(UNA CANCIÓN)

Salió el domingo, a las nueve;
salió el domingo, de noche;
salió el domingo, ¡y no vuelve!
Llevaba en la mano un lirio,
llevaba en los ojos fiebre;
el lirio, se tornó sangre,
la sangre, tornose muerte.

(OTRA CANCIÓN)

¡Dónde estará Federico,
dónde estará, que no viene!
¡Federico! ¡Federico!
¡Dónde estará, que no viene!
¡Dónde estará, que no viene!

(MOMENTO EN GARCÍA LORCA)

Soñaba Federico en nardo y cera,
y aceituna y clavel y luna fría.
Federico, Granada y Primavera.

En afilada soledad dormía,
al pie de sus ambiguos limoneros,
echado, musical, junto a la vía.

Alta la noche, ardiente de luceros,
arrastraba su cola transparente
por todos los caminos carreteros.

«¡Federico!», gritaron de repente,
con las manos inmóviles, atadas,
gitanos que pasaban lentamente.

¡Qué voz la de sus venas desangradas!
¡Qué ardor el de sus cuerpos ateridos!
¡Qué suaves sus pisadas, sus pisadas!

Iban verdes, recién anochecidos;
en el duro camino invertebrado
caminaban descalzos los sentidos.

Alzose Federico, en luz bañado;
Federico, Granada y Primavera;
y con luna y clavel y nardo y cera,
siguiolos por el monte perfumado.

Nicolás Guillén
España: Poema en cuatro angustias y una esperanza
Ediciones Españolas

«La aurora», de Federico García Lorca

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico García Lorca
Poeta en Nueva York
Ya lo dijo Casimiro Parker

«Lagunas», de Sofía Morante Thomas

No he olvidado cómo me miraste
la primera vez que nos conocimos
El futuro que proyectamos en un pasado
regresa incesantemente a mi presente.

No puedo ya recordarte de tanto en tanto
tanto como me gustaría
Cuando llegan las primeras luces de la mañana
todavía me siento enferma, vuelvo a casa, sé
que no estás. Me falta el aire.

Ahora este es mi presente
un estómago por rebosar de decepciones
el aumento de cantidad de sangre bombeada por minuto
Tú sin querer me quitaste la fortaleza.

No he olvidado cómo me miraste
la primera vez que nos conocimos
cómo me miraste la última
no me reconocías.

Sofía Morante Thomas
Otra conversación
Editorial Gato Encerrado

«Spiritual I», de Leopoldo María Panero

Salí a la calle y no vi a nadie,
salí a la calle y no vi a nadie,
¡oh, Señor!, desciende por fin
porque en el infierno ya no hay nadie.

Leopoldo María Panero
Narciso en el acorde último de las flautas
Huerga y Fierro Editores