«Yo agua», de Paloma Camacho Arístegui

A existir después de la tristeza
es a lo que no me enseñaron tus ojos.

Ahora mi rostro cetrino
reposa sobre la arena
y aprendo a amar la duda.

Yo sola. Yo pueril. Yo agua.

Repito: yo sola
necesito recuperar la cadencia del mar
entender cada ola
como un reencuentro
con cada una de las palomas
que he dejado morir.

Sigo albergando interrogantes
mas ya no quiero respuestas.

Paloma Camacho Arístegui
Cartografía de un abandono
Editorial Gato Encerrado

«Si el hombre pudiera decir», de Luis Cernuda

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.


Los placeres prohibidos
Luis Cernuda

«Tiempos mejores», de Félix Chacón

Eran tiempos mejores porque el tiempo sobraba
y podía gastarlo en bromas, en ensayos
en juegos, en dar vueltas sin ir a ningún sitio
en derrochar las tardes y las noches insomnes
viendo programas bobos de la televisión
en debates absurdos que no aclaraban nada
y siempre conducían al punto de partida
en planes imposibles que a veces nos creíamos
o en viajes lisérgicos y desbarres etílicos
que devoraban horas con un hambre voraz

Eran tiempos mejores porque nadie advertía
el paso de los días y el peso de los años

No había nada urgente y todo lo importante
podía posponerse indefinidamente

Félix Chacón
Los días perplejos
Editorial Gato Encerrado

«Federico», de Nicolás Guillén

Toco la puerta de un romance.
–¿No anda por aquí Federico?
Un papagayo me contesta:
–Ha salido.

Toco una puerta de cristal.
–¿No anda por aquí Federico?
Viene una mano, y me contesta:
–Está en el río.

Toco la puerta de un gitano.
–¿No anda por aquí Federico?
Nadie contesta, no habla nadie…
–¡Federico! ¡Federico!

La casa oscura, vacía;
humedad en las paredes;
brocal de pozo sin cubo,
jardín de lagartos verdes.

Sobre la tierra mullida,
caracoles que se mueven,
y el rojo viento de julio
entre las ruinas, meciéndose.

¡Federico! ¡Federico!
¿Dónde el gitano se muere?
¿Dónde sus ojos se enfrían?
¡Dónde estará, que no viene!
¡Federico! ¡Federico!

(UNA CANCIÓN)

Salió el domingo, a las nueve;
salió el domingo, de noche;
salió el domingo, ¡y no vuelve!
Llevaba en la mano un lirio,
llevaba en los ojos fiebre;
el lirio, se tornó sangre,
la sangre, tornose muerte.

(OTRA CANCIÓN)

¡Dónde estará Federico,
dónde estará, que no viene!
¡Federico! ¡Federico!
¡Dónde estará, que no viene!
¡Dónde estará, que no viene!

(MOMENTO EN GARCÍA LORCA)

Soñaba Federico en nardo y cera,
y aceituna y clavel y luna fría.
Federico, Granada y Primavera.

En afilada soledad dormía,
al pie de sus ambiguos limoneros,
echado, musical, junto a la vía.

Alta la noche, ardiente de luceros,
arrastraba su cola transparente
por todos los caminos carreteros.

«¡Federico!», gritaron de repente,
con las manos inmóviles, atadas,
gitanos que pasaban lentamente.

¡Qué voz la de sus venas desangradas!
¡Qué ardor el de sus cuerpos ateridos!
¡Qué suaves sus pisadas, sus pisadas!

Iban verdes, recién anochecidos;
en el duro camino invertebrado
caminaban descalzos los sentidos.

Alzose Federico, en luz bañado;
Federico, Granada y Primavera;
y con luna y clavel y nardo y cera,
siguiolos por el monte perfumado.

Nicolás Guillén
España: Poema en cuatro angustias y una esperanza
Ediciones Españolas

«La aurora», de Federico García Lorca

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico García Lorca
Poeta en Nueva York
Ya lo dijo Casimiro Parker

«Lagunas», de Sofía Morante Thomas

No he olvidado cómo me miraste
la primera vez que nos conocimos
El futuro que proyectamos en un pasado
regresa incesantemente a mi presente.

No puedo ya recordarte de tanto en tanto
tanto como me gustaría
Cuando llegan las primeras luces de la mañana
todavía me siento enferma, vuelvo a casa, sé
que no estás. Me falta el aire.

Ahora este es mi presente
un estómago por rebosar de decepciones
el aumento de cantidad de sangre bombeada por minuto
Tú sin querer me quitaste la fortaleza.

No he olvidado cómo me miraste
la primera vez que nos conocimos
cómo me miraste la última
no me reconocías.

Sofía Morante Thomas
Otra conversación
Editorial Gato Encerrado

«Spiritual I», de Leopoldo María Panero

Salí a la calle y no vi a nadie,
salí a la calle y no vi a nadie,
¡oh, Señor!, desciende por fin
porque en el infierno ya no hay nadie.

Leopoldo María Panero
Narciso en el acorde último de las flautas
Huerga y Fierro Editores

«quizá…», de María Jesús Silva

quizá
podría ser que
ahora que hemos abandonado
la caja de resonancia
que hemos llegado
a este lugar
que no sabíamos que existía
a esta parada aleatoria
que nos deja al descubierto

nos anclemos a la tierra

(existe una probabilidad)

María Jesús Silva
Números inexactos
Editorial Gato Encerrado

«Fábula del tiempo», de Luis Muñoz

Seguramente, si lo piensas,
estos años no van a repetirse.
Vivirás su carencia irremediable,
se llenará de sombras tu mirada,
te habitará el vacío y, con el tiempo,
se destruirá tu imagen del espejo.

Y esperarás cansado, te aseguran,
muchas tardes morir en tu ventana,
buscando en la memoria
ese tiempo feliz, siempre perdido,
esa estación dorada que tuviste
y que debe ser ésta, más o menos.

Luis Muñoz
Limpiar pescado
Visor

«El sueño es un talismán…», de Eli Tolaretxipi

El sueño es un talismán.
Lo toco.
Hay una mujer que mastica cristales
se los traga y no sangra.
Los cristales del sueño no cortan, pero la vigilia
es un estado de vértigo permanente donde
las cosas suceden y pasan
y ella permanece.
Cuestión de velocidad, el miedo y
su repetición: la posibilidad de caer,
de circular en el curso de las cosas.
Ahora soy yo quien lee del libro
hasta que la enfermera
decide que la iniquidad de la historia
es nociva
y vuelve a inyectar en la vena
el antipático líquido.

Eli Tolaretxipi
Ojo suelto. Antología de poesía
Editorial Gato Encerrado