“Himno a Satanás”, de Leopoldo María Panero

A Belfegor, dios pedo o crepitus

Tú que modulas el reptar de las serpientes

de las serpientes del espejo, de la serpientes de la vejez

tú que eres el único digno de besar mi carne arrugada,

y de mirar en el espejo

en donde sólo se ve un sapo,

bello como la muerte:

tú que eres como yo adorador de nadie:

ven aquí, he

construido este poema como anzuelo

para que el lector caiga en él,

y repte

húmedamente entre las páginas.

Leopoldo María Panero
Guarida de un animal que no existe
Visor

“La ducha”, de Vanessa Jiménez

Perpetua cascada humana,
la artificiosa ducha
que escupe agua al agua,
me devuelve al contorno y al deseo,
porque oigo tu cuerpo chocar
contra las cacerolas,
y tus maldiciones bajitas
que me trae el silencio.
Quiero, lo sé,
quiero volver mi cuerpo a tu casa,
una vez más, la última.
Quizás solo somos eso,
dos cuerpos destinados a encontrarse.
Nos sobraría el resto del mundo
fuera de la cama,
y hasta también la cama.

¿Y si solo soy cuerpo?
¿Mi alma se ha marchado?
Entonces el vuelo está vetado,
la ascensión no existe.
Debería entregar mis carnes
a la tierra generosa
y ponerme la losa encima,
y que otro viva por mí,
y se alce,
y halle su primavera en el abrazo,
y baile su demencia
y se lleve mis alas …
mientras mi mano atraviesa el ataúd
y le dice adiós,
llorando polvo.

Y todo por esa última vez
en la que sienta
que no soy un pedazo de materia,
girando sola,
en el enorme espacio…

Vanessa Jiménez
De pájaro y muertes
Editorial Gato Encerrado

“Elegido por aclamación”, de Ángel González

Sí, fue un malentendido.

Gritaron: ¡a las urnas!

y él entendió: ¡a las armas! –dijo luego.

Era pundonoroso y  mató mucho.

Con pistolas, con rifles, con decretos.

 

Cuando envainó la espada dijo, dice:

La democracia  es lo perfecto.

El público aplaudió. Sólo callaron,

impasibles, los muertos.

 

El deseo popular será cumplido.

A partir de esta hora soy –silencio–

el Jefe, si queréis. Los disconformes

que levanten el dedo.

 

Inmóvil mayoría de cadáveres

le dio el mando total del cementerio.

 

Ángel González
Grado elemental

“No inútilmente”, de José Ángel Valente

Contemplo yo a mi vez la diferencia
entre el hombre y su sueño de más vida,
la solidez gremial de la injusticia,
la candidez azul de las palabras.

No hemos llegado lejos, pues con razón me dices
que no son suficientes las palabras
para hacernos más libres.

Te respondo
que todavía no sabemos
hasta cuándo o hasta dónde
puede llegar una palabra,
quién la recogerá ni de qué boca
con suficiente fe
para darle su forma verdadera.

Haber llevado el fuego un solo instante
razón nos da de la esperanza.

Pues más allá de nuestro sueño
las palabras, que no nos pertenecen,
se asocian como nubes
que un día el viento precipita
sobre la tierra
para cambiar, no inútilmente, el mundo.

José Ángel Valente
La memoria y los signos
Huerga & Fierro Editores

“Náufrago”, de Javier Lostalé

Náufrago sin combate en algunos cuerpos
creíste en la eternidad de lo abisal,
y ordenaste tu vida entre engañosas corrientes
que dejaron sin aire la íntima ascensión
del que, como tú, mudo tiembla
en el espacio duermevela
de lo que espera amanecer.
Entregado a los relámpagos de una piel,
ignoraste el latido permanente
de lo que en amor fue separado
tras la plena inundación.
Por tu culpa desposeído
de palabras y gestos
en su lentitud consagrados,
te consumaste en una pasión
sin otro destino que su propio ardor,
beso y tacto de ceniza
donde un día enterraste tu sueño
de respirar el mundo desde otro ser.

Javier Lostalé
Cielo
Fundación José Manuel Lara

“Acerca de mi madre”, de Adam Zagajewski

Acerca de mi madre no sabría decir nada,
cómo repetía vas a lamentarlo
cuando ya no esté, y yo no creía
ni en ya ni en no esté,
cómo me gustaba mirarla leyendo una novela de moda,
yendo directamente al último capítulo,
cómo en la cocina, donde pensaba que no era un lugar
adecuado para mí, preparaba el café del domingo,
o, lo que era aún peor, un filete de bacalao,
cómo esperaba a que llegaran los invitados y se miraba
al espejo, haciendo aquella cara que la protegía tan bien
de mirarse cómo era realmente (por lo que parece, eso
lo cogí de ella, igual que otras debilidades),
cómo hablaba con soltura de las cosas
que no eran su fuerte, y cómo tontamente
la hacía rabiar, como aquel día que se comparó
con Beethoven, al perder el oído,
y yo le dije, cruel, pero sabes, él
tenía talento, y cómo me lo perdonaba todo
y cómo lo recuerdo todo, y cómo volé de Houston
a su entierro y no supe decir nada,
y sigo sin saberlo.

Adam Zagajewski
Asimetría
Editorial Acantilado