“Contemplación de algo que cae y fin de siglo”, de Susana Szwarc

Cuando mis ojos se distraen de la densidad formidable
de la lluvia, y ya en el café se chocan
–indefectiblemente–
con el televisor, reciben las noticias.
Entonces me pregunto: ¿no habrán profanado también
la tumba de mi padre?
Él, que no había llegado a iniciarse en ningún arte
en medio de la guerra.
Él, que no había sido demasiado judío, sin embargo
contó números
en brazos de sus hermanos
afligidos.
Él, que rondó por mi locura
como pudo,
y vagó hasta aquí, hacia el futuro, sonriendo seguido y
luminoso.

Como han profanado las tumbas
los muertos han salido a las calles,
mi padre otra vez me acaricia la cabeza,
y me dice al oído –despacio– que la vida
es siempre más bella que la historia.

 

Susana Szwarc
Bailen las estepas
Ediciones Liliputienses

“Todos ustedes parecen felices…”, de Ángel González

… y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen, incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen –nada
más que parecen– felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo: esta
desesperante, estéril, larga,
ciega desolación por cualquier cosa
que –hacia donde no sé–, lenta, me arrastra.

 

Ángel González
Áspero mundo
Ediciones Vitruvio

“Hacen un altar con tus fotos…”, de Felipe Zapico Alonso

Hacen un altar

con tus fotos

canciones

poemas

cartas,

después lo guardan

junto a la extinta

colección de

botellitas

de

vodka.

En  un traslado

pasan a una caja bajo un sofá.

Más tarde a un altillo.

Finalmente

al

contenedor

azul.

Eso queda del altar, del amor.

Felipe Zapico Alonso
Muros marcados con tiza
Amargord Ediciones

“El oficio del poeta”, de José Agustín Goytisolo

Contemplar las palabras
sobre el papel escritas,
medirlas, sopesar
su cuerpo en el conjunto
del poema, y después,
igual que un artesano,
separarse a mirar
cómo la luz emerge
de la sutil textura.

Así es el viejo oficio
del poeta, que comienza
en la idea, en el soplo
sobre el polvo infinito
de la memoria, sobre
la experiencia vivida,
las historia, los deseos,
las pasiones del hombre.

La materia del canto
nos la ha ofrecido el pueblo
con su voz. Devolvamos
las palabras reunidas
a su auténtico dueño.

 

José Agustín Goytisolo
Algo sucede
Ed. Lumen

“El ojo como la lengua…”, de Augusto Rodríguez

El ojo como la lengua cayó en desgracia. No hubo enfermeras, remedios, doctores, exámenes que pudieran dar otra salida. El cáncer está en la próstata, en el hígado, en los pulmones, en los huesos, en el corazón. Mi padre era un hombre sano eso decían, pero era muy tarde. Todo era cruz y ventanas al mal y finito futuro. El párpado no se detenía del asombro. Una cometa volaba muy lejos danzando en las nubes. El viento era helado y golpeaba como mujer ofendida. El reencuentro con el pasado no existirá nunca más. Nada nos pertenece, ni esta tierra que no es mía, ni estos pantalones, ni estas sábanas donde tuve mil cuerpos desnudos y el sexo era una estación más de este sueño perdido.

 

Augusto Rodríguez
El libro blanco
Chamán Ediciones

“Sopa quemada”, de Elena Román

Espero en la orilla las olas más grandes,
olas que no vienen desde atrás hacia adelante
sino de izquierda a derecha
y que no se producen al fondo
sino en la misma orilla,
donde me tumbo para ser el relleno del agua.
A continuación llevo ropa de abrigo
y estoy en un edificio
atendiendo la llamada de mi antiguo jefe,
quien me recrimina que se me haya quemado la sopa.
Yo nunca hago sopa –miento.
¿Se puede quemar la sopa? –me cuestiono.
Me pide disculpas por el despiste
y de paso me pregunta cómo me va la vida
y si quiero volver a trabajar con él:
no le importaría echar a su secretaria
y contratarme de nuevo a mí,
lo haría por el bien de la literatura.
Le respondo que no
aunque me tienta la oferta
porque estaría cerca de Madrid
y aprendería de los trenes
lo que me falta por aprender.
Una mujer sale de un portal y se tira al suelo
con el rostro incendiado
y escucho sus gritos, sus gritos, sus gritos,
en vez de los míos, los míos, los míos.

 

Elena Román
¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud?
Ediciones Liliputienses