“El cine de los sábados”, de Antonio Martínez Sarrión

maravillas del cine galerías
de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
ivonne de carlo baila en scherazade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años marilyn
ríos de la memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros

Antonio Martínez Sarrión
Teatro de operaciones

“Contemplación”, de Begoña Abad

Destila la hoja la humedad nocturna,
aún no existe, como tal, la gota.
Comienza a condensarse el agua,
resbala delicada por el borde,
pesa lo suficiente, nace
y en ese instante exacto
se derrama, cae, desaparece
su efímera existencia.
Sin embargo, al caer, su sonido
serena el atento oído del viajero,
su golpe sobre la superficie del lago
producirá círculos concéntricos
que moverán la orilla lejana
y el movimiento llegará hasta el fondo
donde un grano diminuto de arena
cambiará para siempre de lugar.

Begoña Abad
La medida de mi madre
Olifante Ediciones

“Tu constancia”, de Ana Carolina Quiñonez Salpietro

Tu constancia
no nos va a llevar a ninguna parte

gira alrededor de su propio eje

como los perros
en los dibujos animados

persiguiendo su cola.

Nunca tropiezan
pero tampoco la alcanzan.

Ana Carolina Quiñonez Salpietro
Cuentos tristes que esperan las chicas antes de salir a bailar
Ediciones Liliputienses

"Insomnio", de Gerardo Diego

Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño, y por el mar las naves.

En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.

Saber que duermes tú, cierta, segura
−cauce fiel de abandono, línea pura−,
tan cerca de mis brazos maniatados.

Qué pavorosa esclavitud de isleño;
yo, insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.

Gerardo Diego
Alondra de verdad

“Futuro inmediato: funeral”, de Elena Román

Desde la gasolinera veo la autovía
y un cielo gris, denso.
Tiene que irse,
huele a tornado y a productos químicos.
Nos despedimos, le abrazo.
Se sube a un caballo que se pone nervioso
y galopa, indomable, de un lado a otro
hasta tirarlo al suelo.
Veo su cabeza en un charco de sangre,
ha muerto y todo vuelve a empezar.
Tiene que irse,
sé lo que va a ocurrir.
Sé que la palabra que definirá nuestro futuro inmediato
es “funeral”,
le abrazo fuerte y estoy llorando
porque voy a perderle
y no puedo cambiar el destino.
Va a subirse al caballo. Yo me doy la vuelta.
No puedo verle morir más veces,
no lo soportaría.
Pero entonces me llama y me giro.
No se ha subido al caballo y me dice
que está cerca el tornado
y que podríamos irnos a casa
a caballo los dos.

Elena Román
¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud?
Ediciones Liliputienses

“Autorretrato”, de Nicanor Parra

Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
soy profesor en un liceo obscuro,
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
que envejecieron sin arte ni parte.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué sucede? -¡Nada!
Me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo ¡para qué!
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con olor y con sabor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!

Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan.
¡Estas negras arrugas infernales!

Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienes hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.

Nicanor Parra
Poemas y antipoemas