«Al dios terrible», de Luis Antonio de Villena

En el verano antiguo quemaban los rastrojos
y eran llamas grandes, dentro del calor del campo.
Era salvaje y pletórico el cálido verano
y los ríos llenos de báquicos muchachos erectos
se unían al enorme sopor del secarral,
al grito del grillo y la chicharra meridiana…
Y mientras todo era ardor y agua,
volcán y verde, la juventud despertaba al sol
henchida y gozosa de lujuria, delicada y salvaje.
Ahora me cuesta creer –aproximando el verano–
que haya sido yo (ese casi perdido yo joven)
quien viviera incendiado de higueras y de pámpanos,
de siestas sexuales y apetitos de noche
en aquel verano, ocioso y largo, en el que yo
gozaba sudoroso y dulce, persiguiendo cuerpos,
henchido de savia y tan eterno –tan sin tiempo–
como eterno es el verano de la juventud,
el tiempo loco de faunos y cigarras,
el tiempo en que todo parece estación de la vida
y sólo existe –sólo– una vida soez e imperturbable.

Luis Antonio de Villena
Los gatos príncipes
Visor

«Un cuento de Isak Dinesen», de Luis Antonio de Villena

Hay noches en que pienso que tendré que irme
y entonces me parece raro ser tenaz y hasta tener cobijo.
Pienso en dejar que la cama envejezca
y que todo se vaya deteriorando conmigo.
Que sea todo viejo cuando el viaje se acabe
y el fin de la noche sea el fin del invierno.
Somos soldados en tormentas de nieve,
capitanes que sueñan en un puerto lejano,
buscadores de oro en ríos sucesivos…
Pero una noche, en un puerto cualquiera,
sabes que ese viaje habrá de interrumpirse.
La caza se acabó, las tabernas, el oro y la ventisca.
Sentado en una hamaca mirarás tranquilo
todo lo que se va sin ti, todo lo que ya no existe.
Brilla el mar lejano y en las montañas nieva…
Adiós. El viaje sin destino te abandona.
Sólo fue un sueño la verdad del mundo, lo sabías.
El hueco de la mano pareció un gran rey.
Y el barco que era tuyo –sin ti– se pierde ya en la bruma.

 

Luis Antonio de Villena
Los gatos príncipes
Visor