«Destino alegre», de José Hierro

Nos han abandonado en medio del camino.
Entre la luz íbamos ciegos.
Somos aves de paso, nubes altas de estío,
vagabundos eternos.
Mala gente que pasa cantando por los campos.
Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,
cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo
que comprenda la viva razón del canto nuestro.

Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.
Su hondo grito nos pide que muramos un poco,
como murieron todos ellos,
que vivamos de prisa, quemando locamente
la vida que ellos no vivieron.

Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces.
(Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho.)
Mordemos las orillas, derribamos los puentes.
Dicen que vamos ciegos.

Pero vivimos. Llevan nuestras aguas la esencia
de las muertes y las vidas de vivos y de muertos.
Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta
que hemos nacido para esto.

José Hierro
Tierra sin nosotros

«Escapamos de aquellos interiores…», de Javier Manzano Fijó

Escapamos de aquellos interiores
sometidos a la ficción,
donde mostrar la forma
en el desprecio al otro.

Lo hicimos para amar lo bello,
ir más allá,
en busca de los compromisos prácticos
de las formas sencillas.
Para después
encontrar algo que no nos toleren,
algo
por lo que deseen acabar con nosotros.

Javier Manzano Fijó
La esperanza o el cuerpo
Editorial Gato Encerrado

«Monólogo para Casandra», de Wislawa Szymborska

Soy yo, Casandra.
Y esta es mi ciudad bajo la ceniza.
Y este es mi cayado y mis cintas de profeta.
Y esta es mi cabeza colmada de dudas.

Es verdad, estoy triunfando.
Mi razón hasta golpeó el cielo con un destello.
Sólo los profetas a los que no se cree
tienen semejantes vistas.
Sólo aquellos que mal empezaron las cosas,
y todo pudo haberse cumplido tan deprisa,
como si ellos no hubiesen existido.

Ahora me acuerdo claramente,
cómo la gente, al verme, callaba a mitad de palabra.
Se cortaba la risa.
Las manos ardían.
Los niños corrían hacia sus madres.
Ni siquiera conocía sus efímeros nombres.
Y aquella canción sobre la hoja verde,
nadie la terminó en mi presencia.

Yo les quería.
Pero quería desde lo alto.
Por encima de la vida.
Desde el futuro. Donde siempre hay vacío
y desde donde, ¿hay algo más fácil que ver la muerte?
Me arrepiento porque mi voz era dura.
Mírense desde las estrellas –gritaba–.
Mírense desde las estrellas.
Me oían y bajaban la mirada.

Vivían en la vida.
Forrados de gran viento.
Condenados.
Desde el nacer en los cuerpos del adiós.
Pero hubo en ellos una esperanza húmeda,
una llama alimentándose de su propio reverberar.
Ellos sabían lo que era un instante,
ay, al menos uno
antes de que…

Me salí con la mía.
Sólo que eso no significa nada.
Y esta es mi ropita manchada por el fuego.
Y estos son mis trastos de profeta.
Y esta es mi cara compungida.
Cara que ignoraba que pudiera ser hermosa.

Wislawa Szymborska
Mil alegrías – Un encanto

«Sin acto de amor que me conciba…», de Begoña Abad

Sin acto de amor que me conciba,
sin madre que me espere,
sin saber para qué,
sigo empeñada en nacer
a cualquier hora,
de cualquier manera,
por olvidarme de los días
en los que nacía muerta
o en los que me moría
de a poquitos silenciosos.
Nacerme a cada paso
aunque venga de nalgas
y con dos vueltas de cordón
enrollado en el alma,
nacerme y respirarte…

Begoña Abad
La medida de mi madre
Olifante Ediciones