“Discreto”, de Antonio Martínez Sarrión

Feliz quien, sin anhelo,
aguarda la mañana.
Y, en llegando, se dice
sereno: «Ya viví».
Ése empieza ganando
un día y otro día.
Ni se jacta con ello,
ni publica su suerte,
ni menos aún mendiga
aplausos, pompas, humo
con que hacerse una estatua.

Antonio Martínez Sarrión
Poeta en Diwan
Tusquets Editores

“1946: Escuela pública”, de Antonio Martínez Sarrión

Todo era gris y desconchado,

rencoroso y atroz. Las criaturas

maduraban muy pronto en lo peor:

el capricho, el sadismo, los instintos

cainitas. Solían ponderarse,

febrilmente, modelos alemanes

de aviones, masacres contra indios

en los peores westerns,

razzias imperialistas con lanceros.

Se burlaban  del Negus,

y en las fotos de Gandhi

clavaban un gargajo muy reído.

La hora del recreo era temible:

imponían su arbitrio los más bestias:

retacos ya con bíceps abultados

y repuntes de barba

que, sólo por mirarles, te insultaban,

te tiraban al suelo, te hacían comer tierra

o te la deslizaban hasta el sexo

después de abrirte la bragueta.

Si te veían renuente a sus depredaciones

de tártaros borrachos,

con torturas más fuertes la emprendían:

empujarte y frotarte contra los urinarios

que rezumaban baba y pestilencia,

obligarte a jugar una partida

de una ruleta tosca y despiadada,

propia de rabadanes y espoliques

en la antigua Caldea

que, mediante una taba de cordero,

en funciones de dado,

sorteaba dignidades: rey,

verdugo, condenado o reo,

y administraba duros cintarazos

que prohibían, no sólo las lágrimas,

sino el quejido, el rictus de dolor.

Nunca vi a los maestros

cortar las salvajadas. Impensable

acudir a la denuncia:

iba en ello la honra.

Todo era abotargado, el aire no corría,

instalándose en aulas y pasillos

como una rata hedionda y desventrada.

 

Todo era miserable, sórdido, sometido.

Pero llegaba abril y en los arriates

escondidos del patio,

una mañana con aire más tibio,

y sin tarjeta de presentación,

estallaban las lilas

y ellas te consolaban

un año y otro y otro.

Todavía,

al asaltarte su delgado aroma

en una encrucijada del Retiro,

sesenta años después,

se humedecen tus ojos.

 

Antonio Martínez Sarrión
Poeta en Diwan
Tusquets Editores