«Debod bajo el sol de junio», de Laura Carrillo Palacios

Nunca creí que Madrid pudiera ser amada
por las almas frágiles que buscamos
un pedazo de calor y desgarramos
los mensajes pueriles
con los que calles y plazas son día a día profanadas.

Pero el amor estalla detrás de cada esquina,
en cada mirada que recojo los lunes deshechos
cuando la vida cuesta un poquito más
de la cuenta.

Me enamoro de esos fuegos
que pululan en los bares,
de las guitarras que arrojan
una nota de luz sobre las bocas tristes.

Parece que la muerte aquí no existe,
y que un coro eterno interpreta la melodía
de ruido y fiereza que nos sepulta
sin que lo advirtamos.

Del cielo caen chorros calientes
y las sombras lánguidas de los árboles
se arquean y maceran su fragancia
de tierra y de sal.

Muchos pasean y pocos contemplan
el agua que nos crea,
las curvas pestañas que vibran
en el centro de esta nada que nos infunde
la falsa ilusión de ser algo.

El tiempo se detiene en Debod.
Los jóvenes invocan a la vida
entre bocanadas de tabaco rancio,
tragos espumosos
y canciones mal entonadas.

Hablan de los sueños perdidos,
se aferran a la juventud que se les escapa,
temen recordar en lugar de ser recuerdo.

No saben que el tiempo no es lineal.
Que no avanza hacia la muerte,
sino que esta es aquí y ahora,
más cierta que cualquiera de los besos
lanzados a los personajes esculpidos por nuestra mente.

Más cierta que el traqueteo de los cuerpos tambaleantes,
más que la firme proclamación
de ser porque se respira

este aire contaminado.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Editorial Gato Encerrado

El baile de los girasoles ya está disponible en nuestros puntos de venta.

«Canción de aniversario», de Luis García Montero

incómodos
de no sentir el peso de los años

J. Gil de Biedma

Son
extrañamente hermosos todavía,
estos labios de hace ahora tres años
y me parece inédito
el gesto de tu beso,
este llegar aquí cada vez más tranquilo,
con la serenidad
del que tiene por cómplice la vida
y su rutina.

Hoy sabemos que entonces,
cuando tus veinte años y mi primer abrazo,
empezamos por ser
sobre todo indecisos: la tímida torpeza
de la primera noche
y la dificultad
con que dejar las manos
en el hábito infiel de nuestros vicios.

Ahora
extrañamente hermoso estar aquí,
demasiado a menudo y decididos,
incómodo
de no sentir el peso de los años
aprendiendo contigo la premeditación
y escribiendo en tu piel mi alevosía.

Porque suele haber bancos donde se espera siempre,
aceras que prefieres por costumbre
o líneas de autobús a mediodía.

Y sin embargo tú
reapareces inédita en tu gesto
para decirme hoy
que le conteste al tiempo y sus preguntas
el práctico saber que tienes de mi cuerpo.

Luis García Montero
Tristia

Carlos Ávila en la Plaza Mayor de Toledo

«Vivo y mortal», de Blas de Otero

Sé que hay estrellas, luminosos mares
de fuego, inhabitados paraísos,
cadenas de planetas, cielos lisos,
montañas que se yerguen como altares.

Sé que el mundo, la Tierra que yo piso,
tiene vida, la misma que me hace.
Pero sé que se muere si se nace,
y se nace, ¿por qué?, ¿por quién que quiso?

Nadie quiso nacer. Ni nadie quiere
morir. ¿Por qué matar lo que prefiere
vivir? ¿Por qué nacer lo que se ignora?

Solo está el hombre. El mundo, inmenso, gira.
Sobre su gozne virginal, suspira
lo que, vivo y mortal, el hombre llora.

Blas de Otero
Ancia
Visor

«Fujita, escala de», de Elena Román

Si vas dejando vendavales,
cómo quieres que no me despeine,
si me los encuentro cada vez que abro
este cuaderno, armarios, esa ventana,
cajones, precintos de seguridad.
Cómo no quieres que me despeine,
que se me vayan las piernas para arriba,
que gire en medio de las fuerzas invisibles
que componen temporales no declarados,
que atraviese las paredes y los caminos.
Si vas dejando vendavales por mi cuerpo,
cómo quieres que no ande desnuda,
si me abren el alma y, al abrirla,
me los encuentro dentro, abriéndome.
Cómo no quieres que ande desnuda
buscándote por las paredes y los caminos
para devolverte los vendavales de mi ventana,
cajones, armarios, cuaderno, precintos de seguridad.
Si vas dejando vendavales en los vendavales
que vas dejando en mis piernas, cómo quieres
que no gire hacia ti en medio de fuerzas invisibles.
Cómo no quieres que me abra el alma si me la abres tú,
despeinándomela, desnudándomela, no declarándomela
ni temporal ni compuesta, cómo sujetármela a tu paso.

Elena Román
Novedades: Ayer. Posible antología 2008-2019
Ediciones Liliputienses

Laura Carrillo Palacios recita «Nunca he dejado de creer»

 

Este poema está incluido en El baile de los girasoles, su debut literario.

 

«La isla de los sueños», de Laura Carrillo Palacios

Alguien volverá a la isla de los sueños
y no seré yo.

Aunque quizás lo parezca cuando os silencien
los cantos de cigarra de Cales Coves
y os plantéis ajos en la piel tostada
por el mismo sol que nos inundó en el Fin del Mundo.

Quizás se ría parecido
mientras surcáis las entrañas de la luna de rocas
o mientras exploráis los senderos que conducen a Llucalari
o mientras esquiváis unas cuantas medusas
en el mar de las plataformas.

Quizás te mire con tanto amor
que parezca salírsele del pecho.

Más no, no seré yo.

Será una versión más libre y enamorada
de este yo que vuela a un Madrid
de ruidos y esperanzas.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Editorial Gato Encerrado

Ya disponible en nuestros puntos de venta.

«Feliz mañana de lunes», de Laura Carrillo Palacios

En mi corazón repica
un sueño
y las gafas del olvido
emborronan
mi destino ceniciento.

Amanece,
con el vómito en la acera
picado por palomas
sin escrúpulos.

El fango fornica
con los coches,
el humo dibuja
las siluetas
de los transeúntes sin vida.

Una estela de esputos
ensucia mis zapatos
y la rutina muerde
con dientes de jaguar.

Pero en mi corazón
repica un sueño.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Ilustrado por Marina Cores Fernández
Editorial Gato Encerrado

Ya disponible en nuestros puntos de venta.

«Sábados de barrio», de Laura Carrillo Palacios

La luna está acuosa en el fondo del cielo
y las guitarras vuelan en los jardines de cemento
de un Lavapiés pintado
de ganas de comernos el mundo.

Me cuelgo de unas cuantas sonrisas
estirando la mía más allá
de lo que este sábado quisiera,
naufrago en este mar de hipocresías
vomitando cerveza y mentiras,
disfrutando del juego de ser
quien no se es
como premisa primera
para ser parte de un algo.

Hay veces que me perdería con cualquiera
que arrojara una pizca de interés
sobre este vacío que me inunda.

Otras solo extraño el amor
y repudio todas las formas
de mancillarlo,
ahogarlo,
prostituirlo.

Casi todas las veces
me quedo orbitando
en una nada sin nadie
donde no elijo ser
ni me eligen para ser
quien soy aquí y ahora.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Ilustrado por Marina Cores Fernández
Editorial Gato Encerrado

La pandemia nos obligó a cancelar la presentación de este libro, pero al fin hemos podido publicarlo y ya podéis encontrarlo en muchos de nuestros puntos de venta. Estamos muy contentos de que por fin pueda llegar a vuestras manos.

«Poesía contemporánea», de Eugenio de Nora

Medito a veces
en la triste materia de mi canto.

Bien sé que hay muchos, soñadores,
(como yo rodeados de desgracia y caminos)
pero entre nubes blancas, con sus ángeles
abanicando tímidas
alas prerrafaelistas, lejos;
que quizá en el estío
cultivan la nostalgia de la lira imposible,
decoran las palabras, sumisas como rombos
de plaza pobre en farolillos
de verbena y papel colorín colorado…

Oh Dios, cómo desamo,
cómo escupo y desprecio
a esos cobardes, envenenadores,
vendedores de sueños, mientras ponen
sedas sobre la lepra, ilusión sobre engaño, iris
donde no hay más que secas piedras.
Esclavos, menos
aún, bufones de esclavos.

Malditos una y siete veces,
en nombre de la vida, aunque juren que aumentan
la belleza del mundo; en verdad,
la belleza del mundo no precisa
ser aumentada ni disminuida
con sus telas. Lo que necesitamos
es una luz, es un desnudo brazo
que señale las cosas. La poesía es eso:
gesto, mirada, abrazo
de amor a la verdad profunda.
Ay, ay, lo que yo canto
miradlo en torno y despertad: alerta.

Ahí están reunidos
en sociedad devoratoria y número.
(Llamar bestia asesina
al que, como el pesado
elefante del sátrapa
hunde la pata hasta estrujar el rostro
que niega; ladrón vil
al emplumado grajo de cadáveres;
canalla al miserable…
acaso sepa a música
derrotada, a lamento
débil. A lo que no queremos.)
Pero nombrar no es sueño.

No sigáis las palabras. Contra ellos
yo canto hombres que tienen las titánicas caras
talladas como a látigo: sonríen
al dolor, pero miran
al sol, y aprietan
los firmes dientes.
Y ya acabo.
(Esto no es un poema; son palabras
apretadas también, con saña.) Adiós. Es tiempo
de no plantar rosales. ¡Acordaos!

Eugenio de Nora
España, pasión de vida