«La cicatriz», de Luis Rosales

A cada hombre le tendríamos que hablar en una lengua distinta,

a cada amigo le tendríamos que hablar con una voz distinta

para que nos pudiesen comprender,

pero la lengua personal es tan fiel a sí misma,

tan incomunicable

que las palabras son como ataúdes

y sólo llevan de hombre a hombre

su andamio agonizante,

su remanente de silencio

y su estertor.

Como aquella mañana

en que al sentarme en el autobús

vi a mi lado una antigua  moneda romana,

una medalla

o una lápida

que hablaba masticando las palabras;

era una campesina ya embebida

por la intemperie de la noche a tientas

y de la vida a ciegas

que me miraba con un poco de luto en las pupilas

como queriéndome abrigar,

y yo no supe contestarle,

y yo callaba junto a ella

porque mi lengua personal es inventada,

enfática,

y como no me sirve para hablar con un obrero o con un niño,

y como no me puede dar la absolución

a veces tengo que ocultarla como se oculta el dinero en la cartera,

a veces tengo que callar

como hice entonces,

sintiendo de repente

la incomunicación

igual que el aletazo de un murciélago,

con su golpe de trapo,

y su asco parcelado sobre su rostro,

donde el labio que calla va convirtiéndose en cicatriz.

 

Luis Rosales
Como el corte hace sangre

Mujeres poetas en Urbana 6 y El Internacional

Gato Encerrado celebrará el Día de la Poesía en el Museo Sefardí

«Down / up», de Félix Chacón

A veces me dejo caer hasta tocar fondo

Tan dentro de mí mismo que ni la guardia civil ni los bomberos

ni el ejército podrían rescatarme

Y me siento escoria, podredumbre y vacío

Por decirlo más claro: la mayor mierda de este mundo

 

Es como deslizarse por un tobogán sin fin

Peligrosamente inclinado y terriblemente rápido

 

Lo cierto es que quiero llegar a lo más bajo

 

Sólo cuando no pueda bajar más

Me decidiré a escalar, a emerger de estas profundidades abisales

tan infectadas de lo peor de mí mismo

 

Y será todo un triunfo volver de nuevo a la superficie y respirar

 

Félix Chacón
Intimátum
A la Luz del Candil

Gato Encerrado participará mañana en #DESAMORDÁZATE

«Que todo pase rápido…», de Óscar Aguado

Que todo pase rápido
que todo se vaya al carajo
que ame mucho
y así al fin el amor se acabe
que me rompan los huesos
ya que mi corazón contra todo pronóstico
consigue resistir la acometida
que pasen todas las risas
que sean cortas y rápidas
como una cuchilla cortando una oreja
que la pena me encoja de hombros
como el viento a un árbol sin frutos
que pase todo rápido
que mi amor desista y que ella nunca más se deje llevar por mi locura
que no compren más juguetes a un niño enfermo
que la noche no me tiente con su lluvia
en el cristal
en la sedosa inercia de un vestido corto
que todo pase rápido que no me dé tiempo
a imaginar sus ojos abierto su boca abierta
sus ojos y sus labios húmedos
que alguien silencie el taconeo del amor
que no haya dudas y sea tan pura mi tristeza
como el vaso que se rompe
como esos cristales por los que lloraba de niño
que la cerilla queme la yema de mis dedos
y se apague su llama de una vez.

 

Óscar Aguado
La habitación del extranjero
Amargord Ediciones

Con la editorial Gato Encerrado, Óscar Aguado ha publicado El falso llano.

«When we are sleeping…», de Robert Montgomery

When we are sleeping,

aeroplanes carry memories

of the horrors we have given our silent consent

to into the night sky of our cities,

and leave them there,

to gather like clouds,

and condense into our dreams, before morning

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Cuando dormimos,

los aviones llevan recuerdos

de los horrores que hemos consentido en silencio

al cielo nocturno de nuestras ciudades,

y los dejan allí,

para que se formen nubes

y se condensen en nuestros sueños

antes de la mañana

 

Robert Montgomery

Gato Encerrado estará en la concentración por la libertad de expresión

«Prince Street», de José María Fonollosa

Debiera liberarse la mujer
de la opresión en que la tiene el hombre.

Bien es verdad que algunas son verdugos
que sin piedad castigan a sus machos.
Mas, por lo general, es la oprimida.
No cuenta como igual individualmente.
Se la ha apartado a un lado y asignado
las funciones higiénicas más bajas:
es cubo de basura de los hombres.

Resulta incomprensible su obediencia
a unas normas injustas desde siglos.
Parece resignada y adaptada,
incluso unas contentas, a estar presa
de algún dictadorzuelo cruel e imbécil
que la veja y le exige una sonrisa.

Sus razones, supongo, habrá tenido.
O, acaso, ha sido simple experimento
ese dejar hacer. Mas comprobado
de manera exhaustiva que los hombres
no logran resolver la convivencia,
debiera liberarse la mujer.
Y asumir, ella, el mando de la especie.

Nosotros ya tuvimos nuestro tiempo
y hay que reconocer que fracasamos.

José María Fonollosa
Ciudad del hombre: New York
Quaderns Crema