«Las ciudades», de Karmelo C. Iribarren

Me gustan las ciudades, sus plazas,
sus calles, sus esquinas,
sentarme en la terraza de un bar
con un café delante
y dejar que pase el tiempo,
sin hacer nada, sin prisa,
observando esto y aquello,
y luego ir a alguna librería y revolver
un poco los estantes,
y si hay río cruzar el puente
y repetir la misma operación al otro lado.
Me gusta estar solo entre la gente,
no ser nadie, no tener que ir a ningún sitio
pero poder ir a todos.
Me gusta la primera vez que me asomo
al espejo del baño del hotel,
ese momento de suspense,
recién llegado, cuando
no sabes si va a aparecer tu rostro
o el del último huésped, atrapado aún
en la memoria del azogue.
Me gustan los parques y los ríos
urbanos, pasear por ellos, a su lado,
especialmente en otoño.
Me gustan las ciudades, sí: andar,
mirar, vivir, enamorarme
de esa mujer del vestido rojo…

          Karmelo C. Iribarren
          Las luces interiores
          Renacimiento

«¿Qué hiciste en la vida?», de Begoña Abad

¿Qué hiciste en la vida?
Caer y levantarme.
Aprender a curar heridas magulladas.
Echar remiendos en los desgarros.
Inventar menús para los que tenían hambre.
Caer y levantarme.
Escuchar los gritos silenciosos del miedo.
Hacer hueco para que cupieran todos.
Sumar y multiplicar la alegría de diario.
Restar y dividir la angustia y la tristura.
Abrir puertas.
Caer y mirar desde ahí.
Caer y levantarme.

          Begoña Abad
          A la izquierda del padre
          Ruleta Rusa

«La Bestia lanza sus redes…», de Jorge Riechmann

La Bestia lanza sus redes

De cada gramo de materia
y cada watio de energía
y cada bit de información
negocio

La Bestia salivante envía sus exploradores
y luego sus brigadas de maquinaria especializada

Cartografiar
Deslindar
Apropiar
Trocear
Vender
Acumular

Reconfigurar pulsiones y deseos
imaginación y memoria
de manera que la circulación de mercancías
no se vea estorbada
por algo tan impredecible y primitivo
como las subjetividades humanas

La Bestia
se satisface a sí misma
y sigue digiriendo creciendo y recreciendo
absorta en su narcisista afán de coincidir
con el entero universo

Por desgracia –se duele Wrongo—
no es ninguna visión
y queda fuera de lugar el sólito reproche
de terrorismo poético

        Jorge Riechmann
        W - Rengo Wrongo seguido de Historias del señor W.
        Editorial Gato Encerrado

«emaciado por la demencia…», de Federico de Arce

emaciado por la demencia
recuerdo a mi abuelo desnudo
en el pasillo la sonda 
colgando del pene admonitoria
la mano derecha crispada en estigmas
parecía el imposible profeta
de gargallo decía no es mi nieto
ese no es mi nieto ese
es un espía nazi
gritaba a mi madre
yo regresaba de madrid
después de unos meses
ya no me conocía al poco
fue perdiendo el habla
vaciado por dentro se convirtió
en animales maullaba
barritaba graznaba bramaba
trisaba crotoraba voznaba
rebuznaba ululaba agamitaba 
trisaba gruía arruaba 
como un loro garría el dolor
exhausto balitaba como una oveja
crascitaba ladraba como un perro
quería comunicarse con nosotros
y no podía solo el dolor
transmitían aquellos sonidos
inarticulados se grabaron
para siempre en mi alma
en heridas donde el cuerpo duele
escaras solo y llagas 
era mi abuelo al morir un job
torturado por la demencia senil
de un dios sin habla


Federico de Arce
El guardián de la voz
Editorial Gato Encerrado

«Introducción a las fábulas para animales», de Ángel González

Durante muchos siglos
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado
europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero –y perdonad la petulancia–
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejó atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal 
                                              –ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente–
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.


Ángel González
Grado elemental