“Poesía contemporánea”, de Eugenio de Nora

Medito a veces
en la triste materia de mi canto.

Bien sé que hay muchos, soñadores,
(como yo rodeados de desgracia y caminos)
pero entre nubes blancas, con sus ángeles
abanicando tímidas
alas prerrafaelistas, lejos;
que quizá en el estío
cultivan la nostalgia de la lira imposible,
decoran las palabras, sumisas como rombos
de plaza pobre en farolillos
de verbena y papel colorín colorado…

Oh Dios, cómo desamo,
cómo escupo y desprecio
a esos cobardes, envenenadores,
vendedores de sueños, mientras ponen
sedas sobre la lepra, ilusión sobre engaño, iris
donde no hay más que secas piedras.
Esclavos, menos
aún, bufones de esclavos.

Malditos una y siete veces,
en nombre de la vida, aunque juren que aumentan
la belleza del mundo; en verdad,
la belleza del mundo no precisa
ser aumentada ni disminuida
con sus telas. Lo que necesitamos
es una luz, es un desnudo brazo
que señale las cosas. La poesía es eso:
gesto, mirada, abrazo
de amor a la verdad profunda.
Ay, ay, lo que yo canto
miradlo en torno y despertad: alerta.

Ahí están reunidos
en sociedad devoratoria y número.
(Llamar bestia asesina
al que, como el pesado
elefante del sátrapa
hunde la pata hasta estrujar el rostro
que niega; ladrón vil
al emplumado grajo de cadáveres;
canalla al miserable…
acaso sepa a música
derrotada, a lamento
débil. A lo que no queremos.)
Pero nombrar no es sueño.

No sigáis las palabras. Contra ellos
yo canto hombres que tienen las titánicas caras
talladas como a látigo: sonríen
al dolor, pero miran
al sol, y aprietan
los firmes dientes.
Y ya acabo.
(Esto no es un poema; son palabras
apretadas también, con saña.) Adiós. Es tiempo
de no plantar rosales. ¡Acordaos!

Eugenio de Nora
España, pasión de vida

“El contrato”, de Ana Pérez Cañamares

A todo me he entregado
como si fuera a durar.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad
firmé un contrato
escrito sobre la piel.

Para decir adiós
he tenido que arrancarme
las cláusulas
a tiras.
Así ha sido
una y otra vez
Con cada persona
cada casa
cada ciudad.

La letra pequeña
se esconde ya
entre cicatrices.

Ana Pérez Cañamares
La alambrada de mi boca
Baile del Sol Ediciones

“Meditación”, de Gabriel Celaya

Si es verdad que existo y que me llamo Rafael;
si es verdad que estoy aquí
y que esto es una mesa;
si es verdad que soy algo más que una piedra oscura entre ortigas,
algo más que una áspera piedra en el fondo de un pozo.

Si verdaderamente es real esta extraña claridad violeta de la tarde,
si esos grises y malvas son casas y nubes;
si verdaderamente no es un sonámbulo ese hombre que pasa por la calle;
si es real este silencio que sube y baja entre el misterio y la vida;
si  es verdad que existo y que me llamo Rafael,
y que soy algo más que una planta de carne;

si verdaderamente las cosas existen,
y yo también existo,
y mi pensamiento existe;
si verdaderamente esta dulce tarde con olor a magnolias es algo real;
si es también real este temblor de infinito que siento latir dentro de mí;
si verdaderamente me llamo Rafael y existo y pienso;
si verdaderamente el mundo vive en una atmósfera densa de pensamientos desconocidos y eternos;
si verdaderamente es así,
¡oh, gracias, gracias por todo!

Gabriel Celaya
Tranquilamente hablando
(Su  nombre completo era Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta.)

“Utopía”, de Carlos Ávila

No se puede amar lo que no existe,
los potenciales sueños,
horizontes.

Tu regreso,
el esperma convertido,
el árbol que dará forma a mi ataúd.

La metamorfosis se puede amar.
Pero la mariposa vuela.

No se puede amar lo que no hallo,
en el día a día,
en el nacer de siempre.

Lo que no se tiene
no se puede amar.
Pero lo hago.

Carlos Ávila
Pero lo nuestro es cantar
Editorial Gato Encerrado

“Amor feliz”, de Wislawa Szymborska

Amor feliz. ¿Es normal,
es serio, es útil?
¿Qué provecho tiene el mundo de dos personas
que no ven el mundo?

Encumbrados mutuamente sin mérito alguno,
al azar, dos entre un millón, mas convencidos
que así tenía que ser −¿premio de qué?
De nada.
La luz surge de ninguna parte,
¿Por qué cae sobre estos y no sobre otros?
¿Ofende eso a la justicia? Pues sí.
¿Infringe las normas establecidas con esmero?
¿Derriba la moral? La daña y la derriba.

Mírenles qué felices:
¡Si disimularan al menos un poquito,
si fingieran desaliento dando ánimos a los amigos!
Escuchen cómo se ríen –es insultante.
Qué lenguaje usan –aparentemente claro.
Y esas ceremonias, y esos protocolos,
sus obligaciones rebuscadas de uno para con el otro –
¡parece un complot a espaldas de la humanidad!

Hasta resulta difícil prever qué ocurriría
si su ejemplo llega a propagarse.

Con qué podrían contar las religiones y la poesía,
de qué se acordarían, qué olvidarían
aquellos que quisieran pertenecer al círculo.

Un amor feliz. ¿Acaso es necesario?
El tacto y el sentido común aconsejan no hablar de eso
como si de un escándalo en las altas esferas de la Vida se tratase.
Magníficos bebés nacen sin su ayuda.
Jamás podría poblar la tierra,
ocurre muy pocas veces.

Que aquellos que no conocen un amor feliz
afirmen que no existe un amor feliz, en absoluto.

Con esa creencia les será más fácil vivir, y morir.

Wislawa Szymborska
Si acaso

“Antes”, de Javier Lostalé

Antes de que se apague
la llama oscura de tu vida,
abre bien tus brazos
hasta ser tomado,
en su último aliento de belleza,
por todo lo que no fuiste.
Antes de que definitivamente
pierdas la voz y la mirada,
asómate a cuanto enterraste
y pronúncialo hasta llegar
a su sima más redentora.
Anúdate luego a lo amado,
quemándose en ello tu memoria,
y en soledad de cielo hueco
espera ya sólo
que tus párpados se cierren
en la escritura total
de este poema sin nadie.

Javier Lostalé
Cielo
Fundación José Manuel Lara

“El cine de los sábados”, de Antonio Martínez Sarrión

maravillas del cine galerías
de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
ivonne de carlo baila en scherazade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años marilyn
ríos de la memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros

Antonio Martínez Sarrión
Teatro de operaciones

“Contemplación”, de Begoña Abad

Destila la hoja la humedad nocturna,
aún no existe, como tal, la gota.
Comienza a condensarse el agua,
resbala delicada por el borde,
pesa lo suficiente, nace
y en ese instante exacto
se derrama, cae, desaparece
su efímera existencia.
Sin embargo, al caer, su sonido
serena el atento oído del viajero,
su golpe sobre la superficie del lago
producirá círculos concéntricos
que moverán la orilla lejana
y el movimiento llegará hasta el fondo
donde un grano diminuto de arena
cambiará para siempre de lugar.

Begoña Abad
La medida de mi madre
Olifante Ediciones

“Tu constancia”, de Ana Carolina Quiñonez Salpietro

Tu constancia
no nos va a llevar a ninguna parte

gira alrededor de su propio eje

como los perros
en los dibujos animados

persiguiendo su cola.

Nunca tropiezan
pero tampoco la alcanzan.

Ana Carolina Quiñonez Salpietro
Cuentos tristes que esperan las chicas antes de salir a bailar
Ediciones Liliputienses