«Nocturno romano. II», de José Manuel Lucía Megías

Esta noche he prendido fuego a todas mis naves
para impedirme una indigna huida lejos de ti.
Esta noche he abierto grietas en mis muros
para hacer más fácil y victoriosa tu entrada.
Esta noche he asesinado a mis soldados
enloquecidos con el canto de cien sirenas.
Esta noche me he despojado de mis atributos reales
vistiéndome con la ropa de uno de mis esclavos.
Esta noche me presento vencido antes de la batalla,
dispuesto a no poner resistencia a ninguno de tus ataques,
a sentir como besos y caricias cada uno de tus dardos.

Y así podrías verme:
mirando desde mis muros en silencio vestido de esclavo
mientras arden mis barcos de papel en un puerto de cenizas.

Así podrías verme, así podrías tenerme
si me miraras; si abandonaras por un segundo
tus barcos, tus muros, tus soldados y tu orgullo imperial,
ese que te convierte en esclavo de tus propias miradas.

 

José Manuel Lucía Megías
Cuaderno de bitácora
Sial Ediciones

«Tenías una belleza tan líquida colgando del labio…», de María Sotomayor

Tenías una belleza tan líquida colgando del labio
que hubo un tiempo que olvidé cómo nombrarte
más tarde el puño sobre la mesa
y quedarte tan flaca después del nacimiento
en los objetos punzantes que han llenado tu cabeza
la casa tan vacía
el grito tan alto
que no te reconoces
en el olor de la cama deshecha después de los mayores
de la ceremonia salvaje de ser dorada
ningún espejo va a devolverte tu imagen de cierva
como ningún hombre te va a volver a llenar el vientre
estás seca, te doblas como un junco
y su pequeño corazón se derrama
en tu belleza tan líquida
colgando del labio
en algún lugar de una niña
que hace una acrobacia en la ventana
y lo pone todo perdido de cabellos
sonando a barro en los ríos
en la vida entera

 

María Sotomayor
La paciencia de los árboles
La Bella Varsovia

«Tanto extranjero caminando por San Pau…», de Óscar Aguado

Tanto extranjero caminando por San Pau
ni entre todos ellos alcanzarían a ser
tan extranjero como yo me siento
extranjero del amor
de palabras y de amigos
de poemas de risas de monedas
de la piel
hambriento solo desorientado
transparente invisible vacío
amargo loco condenado errante
tantos que dicen llamarse extranjeros
tanto en la calle del Carme
tanto en Joaquín Costa
suizos canadienses  pakistaníes japoneses y españoles
escuchadme
vosotros no sois extranjeros
yo no soy poeta
vuestro dios no es mi dios
Barcelona no existe
las horas no pasan se agarran a nuestros ojos
como desatascadores de un retrete
el amor es el odio a uno mismo
mi amor por ti es el odio que me tengo
no existen canciones bonitas
todo es una manera de acercarse a los demás
no hay sal en la lágrima ni tampoco en la herida
no tengo ni un  céntimo y vosotros sí
mucho dinero porque vosotros
no sois extranjeros
vuestro cadáver no será el cadáver de un extranjero
vosotros bailáis con mujeres hermosas
incluso folláis con ellas
yo no
yo tengo miedo
miedo como si esto fuera un desierto
como si vosotros
ingleses alemanes indios argentinos colombianos
fueseis cactus
y yo tengo miedo y tengo sed y  estoy muerto
y mi cadáver tan extranjero
como mi sangre que huye
siempre huye y se larga a navegar en el aire
extranjeros de mierda
vosotros no sois extranjeros
la muerte os encontrará en casa
en vuestro huerto vuestra raíz bien fija en la tierra
a mí sin embargo vendrá a buscarme al país del olvido
al eterno país del aire
al frío vientre de una madre muerta
allí entre el rocío de sus harapos
entre la piel de cartón
que abriga mi más implacable desnudez.

 

Óscar Aguado
La habitación del extranjero
Amargord Ediciones

Con la editorial Gato Encerrado, Óscar Aguado ha publicado El falso llano.

«aire y luz y tiempo y espacio», de Charles Bukowski

«sabes, yo tenía una familia, un trabajo, algo
siempre estaba
en el medio
pero ahora
he vendido mi casa, he encontrado este
lugar, un estudio amplio, deberías ver el espacio y
la luz.
por primera vez en mi vida voy a tener el lugar
y el tiempo para
crear».

no, nene, si vas a crear
vas a crear trabajando
16 horas al día en una mina de carbón
o
vas a crear en una habitación con tres chicos
mientras estás
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla, con terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.
nene, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada
excepto quizá una vida más larga para encontrar
nuevas excusas.

 

Charles Bukowski
El infierno es un lugar solitario
Editorial Txalaparta

«Vencido», de Karmelo C. Iribarren

Vencido, una vez más. Por el amor,

el odio o por la vida,

que no hace concesiones

ni da treguas. Aquí,

en la esquina de un  siglo

tan inútil como lo fueron

todos. Y también

tan sanguinario. Fumando

un cigarrillo. Indiferente. Viendo

cómo la gente se destroza,

y sin sentir nada especial.

 

Karmelo C. Iribarren
La condición urbana
Renacimiento

«Pájaros (nocturno)», de Vicente Gaos

Como aves espectrales se abalanzan
mis inquietudes en bandada y vienen
a hostigarme en la noche, en la honda noche.
¿Qué puedo hacer yo, solo e indefenso,
para librarme de sus corvos picos,
de sus buidas garras, de sus ojos
que implacables reflejan lo más negro
de la vida y la muerte? ¿De sus alas
raudas, pero tenaces, pegajosas,
que me azotan el rostro y huyen, vuelven
y huyen de nuevo, helándome la piel?
Dormir, dormir, dormir, cerrar los párpados,
arrebujarme y acogerme al lecho
de blanda soledad. Pedir –¿a quién?–
que el vuelo de esas aves, que su ronda
no traspase los límites del sueño,
no me persiga más allá, no cruce
de par en par la noche, la ancha noche,
la alta noche; que cese ya ese ataque
de picos, garras, alas, ojos que
implacables reflejan lo más negro
de la vida y la muerte, penetrando
hasta las lindes del sufrir del hombre.

Dormir, dormir, dormir, dormir sin sueños,
sin pesadillas, sin pavor –frontera
a ese terror en pie de nuestra vida.
Acogerme a la almohada, hundir en ella
el rostro, y con los párpados cerrados,
solo y tendido anticipar la noche
grande, la noche última, la noche
a la que nunca llegarán las aves
que ahora me cercan en su insomne ronda.

Venga esa noche a mí, cese el acoso
de oscuras inquietudes. Que  la vida
cese ya. No más sueños. Que la nada
–sin pájaros, sin sombras, sin terrores–
me acoja blanda. Y cese yo al fin de
ser hombre: soledad de soledades.

 

Vicente Gaos
Concierto en mí y en vosotros

«Contratiempo del amor», de Luis Eduardo Aute

Sólo el amor detiene

la violencia del paso del tiempo

en su eterna

fugacidad.

 

 

Luis Eduardo Aute
El sexto animal
Espasa es Poesía

«Es tardísimo», de Javier Sánchez Menéndez

Es tardísimo.

¡Tenemos que dormir más deprisa!

Mañana hay que naufragar.

 

Javier Sánchez Menéndez
El baile del diablo
Editorial Renacimiento

«Muertos», de Alicia Es. Martínez Juan

Se me enredan los cadáveres
al vestido.
Se me enredan entre las piernas,
a los sueños,
a los niños.
Caminar de espaldas al mundo es lo que tiene:
atrás se te quedan los muertos.
Caminar con tus muertos enredados a los pies
no es fácil.
Cada dos pasos tropiezas con ellos
y escuchas sus murmullos persiguiéndote.
A los muertos hay que enterrarlos,
o mejor, no tenerlos.
Dejar que caminen junto a ti,
delante de ti,
o mejor, sobre tu cabeza.
Nunca enredados a tus pies.
Porque los muertos tienden hacia la tierra,
les da por echar raíces,
anclándote al suelo.
Y entonces ya,
imposible.
Entonces ya,
no puedes caminar.
Tienes que pararte.
Sentarte.
Echar tú también raíces.
Montar una casa
o un árbol.
O peor, tienes que morirte tú también.

Si permites a tus muertos sobrevolarte,
fluir por encima de tu cuerpo.
Si permites a tus muertos
que vayan por delante,
que vayan a tu lado,
contigo.
Entonces, sí.
Entonces,
te darán la mano
y tirarán de ti
hacia adelante,
hacia arriba.

Confundirán el cielo con la tierra
y te nacerán alas:
te convertirás en sueño,
en niña,
en nube.

 

Alicia Es. Martínez Juan
En casa, caracol, tienes la tumba
Editorial Gato Encerrado

«Passeig de Gràcia 3», de José María Fonollosa

Tienes que decidirte. Yo no puedo
ir dejando pasar todos los coches.

El tiempo cuenta aprisa la existencia.
No se detiene, duda y retrocede.

Es ahora la ocasión. Si tardas mucho,
acaso cuando llegue el beso tuyo
mi boca esté ocupada en otros labios.

Entonces no valdrá que me supliques.
El deseo de ti se habrá marchado
y el deseo no vuelve una vez ido.

Ahora que te rodea mi deseo,
como un fruto que envuelve una semilla,

tienes que decidirte. En este instante.
El tiempo cuenta aprisa la existencia.

José María Fonollosa
Ciudad del hombre: Barcelona
DVD Poesía