«El Anti-Lázaro», de Nicanor Parra

Muerto no te levantes de la tumba

qué ganarías con resucitar

una hazaña

y después

la rutina de siempre

no te conviene viejo no te conviene

 

el orgullo la sangre la avaricia

la tiranía del deseo venéreo

los dolores que causa la mujer

 

el enigma del tiempo

las arbitrariedades del espacio

 

recapacita muerto recapacita

que no recuerdas cómo era la cosa?

a la menor dificultad explotabas

en improperios a diestra y siniestra

 

todo te molestaba

no resistías ya

ni la presencia de tu propia sombra

 

mala memoria viejo ¡mala memoria!

tu corazón era un montón de escombros

−estoy citando tus propios escritos−

y de tu alma no quedaba nada

 

a qué volver entonces al infierno del Dante

¿para que se repita la comedia?

qué divina comedia ni qué 8/4

voladores de luces-espejismos

cebo para cazar lauchas golosas

ese sí que sería disparate

 

eres feliz cadáver eres feliz

en tu sepulcro no te falta nada

ríete de los peces de colores

 

aló – aló me estás escuchando?

 

quién no va a preferir

el amor a la tierra

a las caricias de una lóbrega prostituta

nadie que esté en sus 5 sentidos

salvo que tenga pacto con el diablo

 

sigue durmiendo hombre sigue durmiendo

sin los aguijonazos de la duda

amo y señor de tu propio ataúd

en la quietud de la noche perfecta

libre de pelo y paja

como si nunca hubieras estado despierto

 

no resucites por ningún motivo

no tienes para qué ponerte nervioso

como dijo el poeta

tienes toda la muerte por delante

 

Nicanor Parra
Hojas de Parra

«La nada», de Carlos Ávila

Yo quiero abrirte una ventana,
escuchar los pájaros que cantan en tu fondo,
contemplar la luz más allá de tus pulmones.

Quiero abrir ventanas
como se descorcha un vino,
como se libera a un preso,
como se descongestiona el tráfico.

Ventanas como portales de una casa antigua,
ventanas como universos,
ventanas como miedos.

Un espacio infinito por el que atravesarse,
un espejo nudista en el que reflejarnos.

Ventanas que anuncien
la verdad de las cosas,
que no hay nada, que allá no hay nada,
que un abrazo y un whisky
superan el raciocinio.

 

Carlos Ávila
No todas las cabras están locas
Ediciones Endymion

«Primer almendro en flor…», de Alicia Es. Martínez Juan

Primer almendro en flor

en una maraña de fractales.

Enero y el árbol blanco.

En Japón harían una fiesta.

Sería venerado.

Lugar de peregrinaje y ofrenda.

 

Aquí no es más que un adelantado a su tiempo.

Ajeno.

Nostálgico de nieves.

Desalineado del camino.

Fuera de la fila de almendros coherentes.

 

Alicia Es. Martínez Juan
No se le miran las bragas a la muerte
Celya

 

En la editorial Gato Encerrado, Alicia Es. Martínez Juan ha publicado En casa, caracol, tienes la tumba.

«Mamíferos», de Jesús Lizano

Yo veo mamíferos.
Mamíferos con nombres extrañísimos.
Han olvidado que son mamíferos
y se creen obispos, fontaneros,
lecheros, diputados. ¿Diputados?
Yo veo mamíferos.
Policías, médicos, conserjes,
profesores, sastres, cantautores.
¿Cantautores?
Yo veo mamíferos…
Alcaldes, camareros, oficinistas, aparejadores
¡Aparejadores!
¡Cómo puede creerse aparejador un mamífero!
Miembros, sí, miembros, se creen miembros
del comité central, del colegio oficial de médicos…
Académicos, reyes, coroneles.
Yo veo mamíferos.
Actrices, putas, asistentas, secretarias,
directoras, lesbianas, puericultoras…
La verdad, yo veo mamíferos.
Nadie ve mamíferos,
nadie, al parecer, recuerda que es mamífero.
¿Seré yo el último mamífero?
Demócratas, comunistas, ajedrecistas,
periodistas, soldados, campesinos.
Yo veo mamíferos.
Marqueses, ejecutivos, socios,
italianos, ingleses, catalanes.
¿Catalanes?
Yo veo mamíferos.
Cristianos, musulmanes, coptos,
inspectores, técnicos, benedictinos,
empresarios, cajeros, cosmonautas…
Yo veo mamíferos.

 

Jesús Lizano
El ingenioso libertario Lizanote de la Acracia o la conquista de la inocencia
Virus Editorial

«Sumas», de Ida Vitale

Uno más uno, decimos. Y pensamos:
una manzana más una manzana,
un vaso más un vaso,
siempre cosas iguales.

Qué cambio cuando
uno más uno sea un puritano
más un gamelán,
un jazmín más un árabe,
una monja y un acantilado,
un canto y una máscara,
otra vez una guarnición y una doncella,
la esperanza de alguien
más el sueño de otro.

 

Ida Vitale
Reducción del infinito
Tusquets Editores

«La cita», de David Trashumante

Siéntate ya a contemplar la muerte. (Antonio Gamoneda)

No apagaré mi cigarro sobre el cenicero impoluto,
no correré la silla ni soplaré el polvo del escritorio,
no tocaré la comida humeante del plato
ni usaré los cubiertos, mucho menos
el lavabo para lavarme las manos
ni miraré por la ventana para apreciar las vistas,
no tiraré de la cadena de la cisterna,
no me ducharé, por tanto, no me secaré
ni pulsaré el botón del spray del desodorante,
no doblaré la ropa ni ordenaré mi cuarto ni los libros
siquiera abriré o cerraré los cajones del dormitorio,
no haré la cama, no buscaré bajo ella los zapatos,
no me miraré en el espejo de la entrada,
no abriré la puerta ni bajaré las escaleras,
no moveré un dedo, no daré un solo paso,
y, aun así, no llegaré tarde a
la cita.

 

David Trashumante
A viva muerte
Editorial Baile del Sol

Inauguración de la librería La Semillera

Este viernes se inaugura en Madrid La Semillera, una librería que seguro que va a ser muy diferente a todas las demás. Para empezar porque sabemos que va a mimar más que nadie la sección de poesía.

Queremos darles las gracias desde aquí por contar con nuestros libros desde el principio.

La Semillera está en la calle Carranza, número 19, metro Bilbao.

Les deseamos toda la suerte del mundo. Larga vida a La Semillera.

Presentación de ‘Alma de cántaro’, de Federico de Arce

«Los señores de la tierra…», de Alicia Es. Martínez Juan

Los señores de la tierra

son señores vulgares,

hacen cola detrás de ti en el supermercado,

llevan  chanclas

como tú

y pasean a su perro al atardecer.

 

Los señores de la tierra

viven en tu mismo edificio,

te los cruzas en el ascensor

y hablas con ellos todo el tiempo.

 

Los señores de la tierra

te dan los buenos días

mientras con la boca en la nuca

te quitan el pan, te bajan el sueldo, te suben el alquiler.

 

Los señores de la tierra

te arreglan cerraduras

pero te descerrajan la esperanza.

 

Sientan sus culos en el mismo bar que tú

y parecen no hacer nada

todo el día con la parroquia

jugando al dominó con nuestras vidas.

 

Son los más amables en la frutería:

te preguntan  por tus hijos

y te sostienen la puerta con su media sonrisa.

 

Los señores de la tierra

comienzan su jornada muy temprano.

Pasean despacio las calles

de su coto privado de caza,

vigilan que vayas a trabajar

para cerciorarse de que pagas el diezmo

religiosamente.

 

No olvides tu condición:

él es un señor de la tierra;

tú, su puto esclavo.

 

Hubo un tiempo que a los señores de la tierra

¡ay, perdón!… que somos pacifistas.

 

Alicia Es. Martínez Juan
No se le miran las bragas a la muerte
Ed. Celya

En la editorial Gato Encerrado, Alicia Es. Martínez Juan ha publicado En casa, caracol, tienes la tumba.

«Empuja», de Elena Román

Cuando yo no era nadie
no me miraban –lo típico–,
no me miraban y sin embargo me veían
porque en mis paseos siempre
me empujaban.
Cuando no era nadie
los sentidos y las galernas eran de verdad.
Venga, sé alguien –me decía yo misma a mí misma
cuando la fiebre me nublaba el flequillo,
y tenía que pasarme el peine por las décimas
para poder incorporarme.
Ser alguien es dormir con pistolas
así que me he esforzado mucho
por no ser nadie ni alguien,
por ser algo
que se mira y sin embargo no se ve
y a veces
empuja.

 

Elena Román
Pan con pan
Ediciones de La Isla de Siltolá