«Gato – In memoriam», de Antonio Díez

tengo todavía en la muñeca
la cicatriz de un arañazo que me dio
el gato de mis padres

lleva muerto varios años
y eso es todo lo que queda de él

no dejó deudas ni herencias
no reposa en una tumba
no tiene obra publicada
no está en youtube ni tenía blog

cuando murió no existía facebook
ni twitter ni instagram

no tenía amigos

mucho menos seguidores

no escribió cartas
ningún planeta lleva su nombre
no tiene página de wikipedia

lo cierto es
que aparte de nuestra familia
nadie recuerda su nombre

y yo
hoy yo
quiero ser como él
como aquel gato

no quiero dejar nada
nada
morir y ya está

y que tan solo queden arañazos
cicatrices profundas
en las muñecas
de quienes se creyeron mis dueños

 

Antonio Díez

«Los celestiales», de José Agustín Goytisolo

No todo el que dice: Señor, Señor,
entrará en el reino…

                                                                       (MAT., 7, 21)

Después y por encima de la pared caída
de los vidrios caídos de la puerta arrasada
cuando se alejó el eco de las detonaciones
y el humo y sus olores abandonaron la ciudad
después cuando el orgullo se refugió en las cuevas
mordiéndose los puños para no decir nada
arriba en los paseos en las calles con ruina
que el sol acariciaba con sus manos de amigo
asomaron los poetas gente de orden por supuesto.

Es la hora dijeron de cantar los asuntos
maravillosamente insustanciales es decir
el momento de olvidarnos de todo lo ocurrido
y componer hermosos versos vacíos sí pero sonoros
melodiosos como un laúd
que adormezcan que transfiguren
que apacigüen los ánimos ¡qué barbaridad!

Ante tan sabia solución
se reunieron pues los poetas y en la asamblea
de un café a votación sin más preámbulo
fue Garcilaso desenterrado llevado en andas paseado
como reliquia por las aldeas y revistas
y entronizado en la capital. El verso melodioso
la palabra feliz todos los restos
fueron comida suculenta festín de la comunidad.

Y el viento fue condecorado y se habló
de marineros de lluvia de azahares
y una vez más la soledad y el campo como antaño
y  el cauce tembloroso de los ríos
y todas las grandes maravillas
fueron en suma convocadas.

Esto duró algún tiempo hasta que poco
a poco las reservas se fueron agotando.
Los poetas rendidos de cansancio se dedicaron
a lanzarse sonetos mutuamente
de mesa a mesa en el café. Y un día
entre el fragor de los poemas alguien dijo: Escuchad
fuera las cosas no han cambiado nosotros
hemos hecho una meritoria labor pero no basta.
Los trinos y el aroma de nuestras elegías
no han calmado las iras el azote de Dios.

De las mesas creció un murmullo
rumoroso como el océano y los poetas exclamaron:
Es cierto es cierto olvidamos a Dios somos
ciegos mortales perros heridos por su fuerza
por su justicia; cantémosle ya.

Y así el buen Dios sustituyó
al viejo padre Garcilaso y fue llamado
dulce tirano amigo mesías
lejanísimo sátrapa fiel amante guerrillero
gran parido asidero de mi sangre y los Oh Tú
y los Señor Señor se elevaron altísimos empujados
por los golpes de pecho en el papel
por el dolor de tantos corazones valientes.

Y así perduran en la actualidad.

Ésta es la historia caballeros
de los poetas celestiales historia clara
y verdadera y cuyo ejemplo no han seguido
los poetas locos que perdidos
en el tumulto callejero cantan al hombre
satirizan o aman el reino de los hombres
tan pasajero tan falaz y en su locura
lanzan gritos pidiendo paz pidiendo patria
pidiendo aire verdadero.

 

José Agustín Goytisolo
Salmos al viento

«El orgullo de la caída», de José Gonzalo

Ya nadie quiere sufrir.
Ni por el orgullo de la caída,
ni por el sexo. Ni por un simple
dolor de garganta.

Yo aún no estoy curado.
Llevo
toda una vida
escupiendo versos en los bares sin
tener la disciplina suficiente
para sentarme a escribir.

Este es el final del día.
Después de expulsar toda mi vergüenza,
cabalgando por Madrid
deseando la “no muerte”,
descanso en mi sofá de pensar,
recordando esta noche
de cumpleaños XXL. Que aterriza,
cada vez más deprisa,
y doblemente maldita.

 

José Gonzalo
Mi primer enfado
Amargord Ediciones

«Corazón», de David González

si te acostumbras

como yo

a soñar solo

y             a despertar solo

en el lado izquierdo

de tu lecho conyugal,

 

el lado del corazón,

 

has de entender

metértelo bien en la cabeza

que un día cualquiera

el menos pensado

ese corazón tuyo

del lado del cual duermes

se transformará

al tacto

en la sábana

del otro extremo

de tu lecho conyugal:

 

una sábana fría

en la que no duerme nadie

 

ni siquiera tú

 

David González
Loser
Bartleby Editores

Alicia Es. Martínez en el Festival de Poesía Voix Vives de Sète

Estos días, como cada año, se está celebrando el Festival de Poesía Voix Vives en Sète (Francia). Alicia Es. Martínez es una de las poetas invitadas en esta convocatoria. Os dejamos un vídeo en el que recita «Oficio de campesina», un poema de su libro En casa, caracol, tienes la tumba.

«No creo en la vía pacífica», de Nicanor Parra

NO CREO EN LA VÍA PACÍFICA

no creo en la vía violenta
me gustaría creer
en algo –pero no creo
creer es creer en Dios
lo  único que yo hago
es encogerme de hombros
perdónenme la franqueza
no creo ni en la Vía Láctea

Nicanor Parra
Emergency poems

«Las causas», de Jorge Luis Borges

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.


Jorge Luis Borges

«Todos los poemas», de Javier Aguirre Gandarias

Vi, tarde, que todos los poemas que quería escribir

ya estaban escritos. Entonces cogí un hacha

y dándome la vuelta grité: ¡Viva!

y me lancé contra la oscuridad.

 

Javier Aguirre Gandarias
Sumar y restar
Ed. Bermingham

«Años triunfales», de Jaime Gil de Biedma

… y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
Rubén Darío

Media España ocupaba España entera
con la vulgaridad, con el desprecio
total de que es capaz, frente al vencido,
un intratable pueblo de cabreros.

Barcelona y Madrid eran algo humillado.
como una casa sucia, donde la gente es vieja,
la ciudad parecía más oscura
y los Metros olían a miseria.

Con luz de atardecer, sobresaltada y triste,
se salía a las calles de un invierno
poblado de infelices gabardinas
a la deriva, bajo el viento.

Y pasaban figuras mal vestidas
de mujeres, cruzando como sombras,
solitarias mujeres adiestradas
–viudas, hijas o esposas–

en los modos peores de ganar la vida
y suplir a sus hombres. Por la noche,
las más hermosas sonreían
a los más insolentes de los vencedores.

Jaime Gil de Biedma
Las personas del verbo
Seix Barral

«A vivir», de Karmelo C. Iribarren

Después de hacer balance,

tras considerar

la situación de arriba abajo,

en frío,

he decidido

no volarme hoy tampoco

la tapa de los sesos.

 

Nunca se sabe, con la vida,

me he dicho.

Y además,

qué carajo: ya que me trata

peor que a un perro,

que se tome ella

la molestia de matarme.

 

Karmelo C. Iribarren
Desde el fondo de la barra
Ed. Línea de Fuego