«Vicio de pájaro», de Vanessa Jiménez

Recojo cosas del suelo,
igual que animo a personas como objetos,
y, a veces, estoy cansada de mi propia servidumbre,
la innoble servidumbre de amar seres humanos,
autocondena del pelícano.
También de eso que es verme y no ver;
los fragmentarios vuelos de antaño,
el incompleto deseo del agua,
los sueños sin cabeza,
el hostigado amor y desapego a mis criaturas,
y el yo;
ese que se hunde y se hace pozo,
ese yo de piedra cayendo desde abajo,
ese yo de escaleras al aire,
que descubro y redescubro
y nunca beso del todo…
Nunca nos enlazamos,
ni somos amigos,
y a veces ni somos,
solo estamos un poco,
bebiendo cada uno de su copa
y brindando por la tarde en la mañana.

Y quizá es solo que estoy harta,
furiosa de que todo sea promesa,
y en el encuentro solo queden uñas,
recortes y cosas tan medianas.

Y arrastro los pies por esta losa
que mi mano hace luna o nieve,
y me ahoga un poco
el nudo de la vida,
nunca llegar a ningún sitio,
y, sobre todo,
no llegar siquiera.

 

Vanessa Jiménez
De pájaro y muertes
Editorial Gato Encerrado

De pájaro y muertes se presentará el 15 de marzo, viernes, a las 19 horas en la librería Taiga de Toledo (Travesía Gregorio Ramírez, 2).

«Un cuento de Isak Dinesen», de Luis Antonio de Villena

Hay noches en que pienso que tendré que irme
y entonces me parece raro ser tenaz y hasta tener cobijo.
Pienso en dejar que la cama envejezca
y que todo se vaya deteriorando conmigo.
Que sea todo viejo cuando el viaje se acabe
y el fin de la noche sea el fin del invierno.
Somos soldados en tormentas de nieve,
capitanes que sueñan en un puerto lejano,
buscadores de oro en ríos sucesivos…
Pero una noche, en un puerto cualquiera,
sabes que ese viaje habrá de interrumpirse.
La caza se acabó, las tabernas, el oro y la ventisca.
Sentado en una hamaca mirarás tranquilo
todo lo que se va sin ti, todo lo que ya no existe.
Brilla el mar lejano y en las montañas nieva…
Adiós. El viaje sin destino te abandona.
Sólo fue un sueño la verdad del mundo, lo sabías.
El hueco de la mano pareció un gran rey.
Y el barco que era tuyo –sin ti– se pierde ya en la bruma.

 

Luis Antonio de Villena
Los gatos príncipes
Visor

«Contemplación de algo que cae y fin de siglo», de Susana Szwarc

Cuando mis ojos se distraen de la densidad formidable
de la lluvia, y ya en el café se chocan
–indefectiblemente–
con el televisor, reciben las noticias.
Entonces me pregunto: ¿no habrán profanado también
la tumba de mi padre?
Él, que no había llegado a iniciarse en ningún arte
en medio de la guerra.
Él, que no había sido demasiado judío, sin embargo
contó números
en brazos de sus hermanos
afligidos.
Él, que rondó por mi locura
como pudo,
y vagó hasta aquí, hacia el futuro, sonriendo seguido y
luminoso.

Como han profanado las tumbas
los muertos han salido a las calles,
mi padre otra vez me acaricia la cabeza,
y me dice al oído –despacio– que la vida
es siempre más bella que la historia.

 

Susana Szwarc
Bailen las estepas
Ediciones Liliputienses

«Todos ustedes parecen felices…», de Ángel González

… y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen, incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen –nada
más que parecen– felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo: esta
desesperante, estéril, larga,
ciega desolación por cualquier cosa
que –hacia donde no sé–, lenta, me arrastra.

 

Ángel González
Áspero mundo
Ediciones Vitruvio

«Hacen un altar con tus fotos…», de Felipe Zapico Alonso

Hacen un altar

con tus fotos

canciones

poemas

cartas,

después lo guardan

junto a la extinta

colección de

botellitas

de

vodka.

En  un traslado

pasan a una caja bajo un sofá.

Más tarde a un altillo.

Finalmente

al

contenedor

azul.

Eso queda del altar, del amor.

Felipe Zapico Alonso
Muros marcados con tiza
Amargord Ediciones

«El oficio del poeta», de José Agustín Goytisolo

Contemplar las palabras
sobre el papel escritas,
medirlas, sopesar
su cuerpo en el conjunto
del poema, y después,
igual que un artesano,
separarse a mirar
cómo la luz emerge
de la sutil textura.

Así es el viejo oficio
del poeta, que comienza
en la idea, en el soplo
sobre el polvo infinito
de la memoria, sobre
la experiencia vivida,
la historia, los deseos,
las pasiones del hombre.

La materia del canto
nos la ha ofrecido el pueblo
con su voz. Devolvamos
las palabras reunidas
a su auténtico dueño.

José Agustín Goytisolo
Algo sucede
Ed. Lumen

«El ojo como la lengua…», de Augusto Rodríguez

El ojo como la lengua cayó en desgracia. No hubo enfermeras, remedios, doctores, exámenes que pudieran dar otra salida. El cáncer está en la próstata, en el hígado, en los pulmones, en los huesos, en el corazón. Mi padre era un hombre sano eso decían, pero era muy tarde. Todo era cruz y ventanas al mal y finito futuro. El párpado no se detenía del asombro. Una cometa volaba muy lejos danzando en las nubes. El viento era helado y golpeaba como mujer ofendida. El reencuentro con el pasado no existirá nunca más. Nada nos pertenece, ni esta tierra que no es mía, ni estos pantalones, ni estas sábanas donde tuve mil cuerpos desnudos y el sexo era una estación más de este sueño perdido.

 

Augusto Rodríguez
El libro blanco
Chamán Ediciones

«En esta nuestra cárcel», de Charles Simic

Donde el celador es tan discreto

que nadie lo ve nunca

hacer su ronda,

hay que ser muy valiente

para dar golpecitos en la pared de una celda

cuando las luces están apagadas

esperando ser oído,

si no por los arcángeles del cielo,

sí por los condenados del infierno.

 

 

Charles Simic
El lunático
Vaso Roto Ediciones

«Sopa quemada», de Elena Román

Espero en la orilla las olas más grandes,
olas que no vienen desde atrás hacia adelante
sino de izquierda a derecha
y que no se producen al fondo
sino en la misma orilla,
donde me tumbo para ser el relleno del agua.
A continuación llevo ropa de abrigo
y estoy en un edificio
atendiendo la llamada de mi antiguo jefe,
quien me recrimina que se me haya quemado la sopa.
Yo nunca hago sopa –miento.
¿Se puede quemar la sopa? –me cuestiono.
Me pide disculpas por el despiste
y de paso me pregunta cómo me va la vida
y si quiero volver a trabajar con él:
no le importaría echar a su secretaria
y contratarme de nuevo a mí,
lo haría por el bien de la literatura.
Le respondo que no
aunque me tienta la oferta
porque estaría cerca de Madrid
y aprendería de los trenes
lo que me falta por aprender.
Una mujer sale de un portal y se tira al suelo
con el rostro incendiado
y escucho sus gritos, sus gritos, sus gritos,
en vez de los míos, los míos, los míos.

 

Elena Román
¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud?
Ediciones Liliputienses

«Advertencia al lector», de Nicanor Parra

El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos:
Aunque le pese
El lector tendrá que darse siempre por satisfecho.
Sabelius, que además de teólogo fue un humorista consumado,
Después de haber reducido a polvo el dogma de la Santísima Trinidad
¿Respondió acaso de su herejía?
Y si llegó a responder, ¡cómo lo hizo!
¡En qué forma descabellada!
¡Basándose en qué cúmulo de contradicciones!

Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse:
La palabra arcoíris no aparece en él en ninguna parte,
Menos aún la palabra dolor,
La palabra torcuato.
Sillas y mesas sí que figuran a granel,
¡Ataúdes!, ¡útiles de escritorio!
Lo que me llena de orgullo
Porque, a mi modo de ver, el cielo se está cayendo a pedazos.

Los mortales que hayan leído el Tractatus de Wittgenstein
Pueden darse con una piedra en el pecho
Porque es una obra difícil de conseguir:
Pero el Círculo de Viena se disolvió hace años,
Sus miembros se dispersaron sin dejar huella
Y yo he decidido declarar la guerra a los cavalieri di la luna.

Mi poesía  puede perfectamente no conducir a ninguna parte:
«¡Las risas de este libro son falsas!», argumentarán mis detractores,
«Sus lágrimas, ¡artificiales!»
«En vez de suspirar, en estas páginas se bosteza»
«Se patalea como un niño de pecho»
«El autor se da a entender a estornudos».
Conforme: os invito a quemar vuestras naves,
Como los fenicios pretendo formarme mi propio alfabeto.

«¿A qué molestar al público entonces?», se preguntarán los amigos lectores:
«Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos,
¡Qué podrá esperarse de ellos!»
Cuidado, yo no desprestigio nada
O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista,
Me vanaglorio de mis limitaciones,
Pongo por las nubes mis creaciones.

Los pájaros de Aristófanes
Enterraban en sus propias cabezas
Los cadáveres de sus padres
(Cada pájaro era un verdadero cementerio volante.)
A mi modo de ver
Ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia
¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!

 

Nicanor Parra
Poemas y antipoemas