«Retención de latidos», de Laura Carrillo Palacios

Retienes agua en tus piernas,
moho en la despensa
y dolor en las raíces
de tu espalda.

Almacenas ajos en la terraza,
líquido en tus carnes
y una vertiente
de fósforo quemado
en la séptima vértebra
de las dudas.

Sientes apego
por el desapego
y no te marchas nunca,
aunque siempre te estás yendo.

Bajo tu piel de almendruco,
hay más que azufre y bilis negra,
un estómago con ojos
y una vejiga seca
como una uva
marchita de voluntad.

Un mar de sándalo
por tus huesos se derrama
y el viento lo recoge
para ofrecérselo a tus labios.

Sientes desapego
por el apego
y no permaneces nunca,
aunque siempre estés aquí.

Laura Carrillo Palacios
El baile de los girasoles
Gato Encerrado

«Es fácil que con los años…», de Begoña Abad

Es fácil que con los años
almacenes dinero
y que con él te compres
una casita, un coche,
una finca, un caballo,
un yate, una mansión.
Es incluso probable
que llegues a ser ministro,
que te pases de listo
y compres un país.
A estas alturas del poema
es posible que tengas
damas en propiedad,
por eso me gusta tanto
seguir escribiendo versos
en los que comunicarte
que mis pestañas, ya ves, tan poca cosas,
andan sueltas,
que mis pies y mis manos
ya no te pertenecen
y que mi libertad no está en venta.
Que no podrás tenerme en propiedad.

Begoña Abad
Cómo aprender a volar
Olifante

«No veo nada», de Charles Bukowski

no veo nada más que
el crepúsculo mutilado.
me gustaría aventurarme
con esperanza
no solo por la supervivencia humana
sino también por la supervivencia del pensamiento y
la música y el arte y la pintura e incluso
la historia de la humanidad,
pero, sabes, es como un chivatazo que me dio una vez
mi corredor de apuestas:
no apuestes por ello.
ahora lo veo todo
convirtiéndose en beicon requemado
van goghs tullidos mendigando calderilla a
banqueros tullidos,
todo yéndose al garete
todos mendigando y descendiendo a la deriva
por el paisaje retorcido
hacia los valles
el público condenado
aullando:

el caso es que
todo esto es lo que
nos merecemos.

la oscuridad está vacía:
la mayoría de nuestros héroes se han
equivocado.

Charles Bukowski
La noche desquiciada de pasos
Visor

«Momentos que no tienen precio», de Karmelo C. Iribarren

Llegar al fin

hasta la puerta

de tu casa,

entrar,

echar todas las cerraduras,

y, como quien saborea

el sabor de la venganza,

decirlo:

«ahí

os quedáis,

hijosdeputa»

Karmelo C. Iribarren
Desde el fondo de la barra
Editorial Línea de Fuego

«¿Para quién escribo?…», de Vicente Aleixandre

¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista o simplemente el curioso.

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice admonitorio entre las tristes ondas de música.

Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora (entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los impertinentes).

Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que corre por la calle como si fuera a abrir las puertas de la aurora.

O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma, le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.

Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).

Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, viviendo en el mundo.

Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora de muchas vidas, y manos cansadas.

Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no le oyeron.

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme, está mi palabra.

Vicente Aleixandre
En un vasto dominio
Alianza

«Democracia parlamentaria», de Alberto García-Teresa

Cuando termina el tiempo del recreo,
las élites recogen el balón
y se lo llevan a casa.

Nosotros,
como siempre,
felices por haber correteado un rato,
por haber ganado incluso un partido,
nos quedamos mirándonos sonrientes
y continuamos apuntalando porterías,
alisando el campo, trazando unas líneas
que siempre nos dejan
fuera de juego.

Alberto García-Teresa
A pesar del muro, la hiedra
Huerga y Fierro Editores

«El terrorista: él mira», de Wislawa Szymborska

La bomba va a estallar en el bar a las trece y veinte.
Ahora son sólo las trece y dieciséis.
Algunos todavía tienen tiempo para entrar.
Otros, para salir.

El terrorista ya ha pasado al otro lado de la calle.
Esta distancia lo preserva de todo el mal.
Y ofrece un panorama como en el cine:

Una mujer con cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con gafas oscuras: él sale.
Unos muchachos en vaqueros: ellos hablan.
Las trece y diecisiete con cuatro segundos.
El más bajo, este tiene suerte, se sube a la moto,
y el más alto entra.

Trece y diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña, con una cinta verde en el pelo: ella camina.
Sólo que el autobús la tapa de repente.

Trece y dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
ya se verá cuando los vayan sacando.

Trece y diecinueve.
Parece que no entra nadie.
Al contrario, un gordo calvo aún sale.
Parece que busca algo en los bolsillos y
a las trece y veinte menos veinte segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.

Son las trece y veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
En cualquier momento.
Todavía no.
Sí, ahora.
La bomba: estalla.

Wislawa Szymboska
El gran número

¡A la mierda 2020!

La asociación cultural El Dorado despide el 2020 con poesía, música y danza en el Castillo de San Servando de Toledo. El acto tendrá lugar este viernes, 18 de diciembre, a las 19.30 horas. Entre los veinte participantes, encontrarás a dos de nuestros autores: Carlos Ávila y Alicia Es. Martínez Juan.

Es gratuito, pero el aforo es limitado (60 personas) y hay que reservar entrada escribiendo a eldorado.acultural@gmail.com

«Destrucción de algunos tópicos sobre la sensibilización», de Elena Román

Para separarnos de nuestras ocupaciones,
despegarnos de nuestras máquinas,
descentrarnos de nosotros mismos,
no basta el llanto ni el hambre ajena,
el testimonio diario de las injusticias:
tan solo conmueve la tragedia cercana,
la vivida, el propio cataclismo.
La catástrofe es la única manera
de que todo siga su curso.

Elena Román
Novedades: Ayer. Posible antología 2008-2019
Ediciones Liliputienses

«Al dios terrible», de Luis Antonio de Villena

En el verano antiguo quemaban los rastrojos
y eran llamas grandes, dentro del calor del campo.
Era salvaje y pletórico el cálido verano
y los ríos llenos de báquicos muchachos erectos
se unían al enorme sopor del secarral,
al grito del grillo y la chicharra meridiana…
Y mientras todo era ardor y agua,
volcán y verde, la juventud despertaba al sol
henchida y gozosa de lujuria, delicada y salvaje.
Ahora me cuesta creer –aproximando el verano–
que haya sido yo (ese casi perdido yo joven)
quien viviera incendiado de higueras y de pámpanos,
de siestas sexuales y apetitos de noche
en aquel verano, ocioso y largo, en el que yo
gozaba sudoroso y dulce, persiguiendo cuerpos,
henchido de savia y tan eterno –tan sin tiempo–
como eterno es el verano de la juventud,
el tiempo loco de faunos y cigarras,
el tiempo en que todo parece estación de la vida
y sólo existe –sólo– una vida soez e imperturbable.

Luis Antonio de Villena
Los gatos príncipes
Visor